La política que caducó y la generación que ya no pide permiso
Por Ing. Héctor Castro Gallegos
La juventud sonorense ya no está en espera. No espera al próximo sexenio, ni al siguiente discurso hueco, ni al político que “promete ahora sí”.
Esperar es un lujo que esta generación no se puede permitir. Mientras la vieja clase política sigue atrapada en el siglo pasado —repitiendo fórmulas agotadas, simulando proyectos y administrando inercias— los jóvenes ya entendieron algo brutal: el sistema no está roto, está diseñado para excluirlos.
En Sonora, los jóvenes no están apáticos; están hartos. Hartos de partidos que funcionan como agencias de colocaciones. Hartos de candidatos que no saben qué es una política pública, pero dominan el arte del eslogan vacío.
Hartos de gobiernos que hablan de desarrollo sin entender el territorio, la ciencia ni el futuro. Esta generación ya no se traga el cuento del “así ha sido siempre”. Para ellos, eso no es una explicación: es una confesión de fracaso.
Su forma de pensar es directa, incómoda y sin nostalgia. No idealizan el pasado, porque no les pertenece. Piensan en clave de datos, impacto, sostenibilidad y resultados.
Quieren educación que sirva para transformar la realidad, no para memorizar discursos oficiales. Quieren ciencia aplicada a los problemas reales del desierto, del agua, de la energía, del empleo. Quieren política con métricas, no con aplausos.
Transparencia radical, no discursos maquillados. Mientras los gobiernos improvisan, los jóvenes programan. Mientras los políticos prometen, ellos prototipan. Están creando soluciones tecnológicas, proyectos ambientales, redes de comunicación y modelos comunitarios sin esperar autorización del poder.
Y eso es lo que más incomoda: no piden permiso, no buscan padrinos, no se alinean. Por eso el sistema intenta ignorarlos o ridiculizarlos. Pero el ruido ya es demasiado fuerte.
Esta no es una rebelión romántica, es una ruptura racional. Los jóvenes no quieren “tomar el poder” como se hacía antes; quieren redefinirlo. Entendieron que la política no puede seguir siendo un club cerrado ni un negocio familiar. Si la política no se actualiza, será reemplazada.
Así de simple. El mensaje es claro y peligroso para muchos: si no hay representación real, habrá disrupción. Si no hay futuro, lo van a inventar. Sonora está entrando en una etapa donde la juventud dejó de ser espectadora y se convirtió en sistema operativo.
Y esta vez, no hay botón de apagado.

