La juventud frente al poder minero: cerebro, territorio y traición de Estado
Por Ing. Héctor Castro Gallegos
En Sonora, donde el subsuelo vale más que la vida que lo habita, el poder ha aprendido a gobernar desde una zona oscura del cerebro social: la habituación.
Repite el discurso del progreso hasta que deja de doler, normaliza el despojo hasta que parece paisaje, anestesia la indignación colectiva como quien apaga una alarma incómoda. No es ignorancia: es ingeniería política sobre la mente. La minería no sólo perfora montañas, perfora la percepción.
La neurociencia es clara: cuando el daño se vuelve crónico y el relato oficial lo maquilla, el cerebro institucional entra en negación funcional. El poder tradicional ya no procesa evidencia, sólo defiende estímulos que protegen su zona de confort: contratos, regalías, alianzas.
Así, frente a datos duros —estrés hídrico irreversible, metales pesados en acuíferos, deterioro neurológico y respiratorio en comunidades enteras— el Estado no reacciona. Inhibe. Calla. Traiciona. La juventud sonorense, en cambio, ha activado otra red neuronal: la crítica informada.
No repite consignas, lee estudios. No cree en la propaganda extractiva porque entiende los sistemas complejos: sabe que un ecosistema roto no se repara con empleos temporales ni con discursos de responsabilidad social.
Sabe que donde entra la minería sin límites, salen la soberanía, la salud y el futuro. Aquí la acusación es frontal: el Estado ha renunciado a su función protectora. Ha diseñado marcos legales que blindan a las corporaciones y desarman a las comunidades. Ha permitido concesiones absurdamente largas, fiscalización débil y beneficios ridículos para la región.
La pérdida de soberanía hoy no se da con tanques, se da con firmas, silencios y dictámenes comprados. La juventud no es radical por impulso, es radical por evidencia. No exige apagar la economía; exige encender la verdad.
Plantea un modelo sometido a evaluación científica independiente, con límites ecológicos no negociables, participación comunitaria vinculante y rendición de cuentas real.
Exige inversión en ciencia local, monitoreo ambiental continuo y diversificación productiva. Exige que el desarrollo deje de ser sinónimo de sacrificio territorial. En Sonora está naciendo una insurrección cognitiva: una generación que entiende que el verdadero conflicto no es técnico, sino ético y político.
El verdadero oro no está bajo la tierra, está en una conciencia colectiva que ya no acepta ser colonia extractiva. Cuando esa conciencia se organice, el poder minero dejará de operar en silencio. Y el futuro, por fin, hablará.




