Por Ing. Héctor Castro Gallegos
Sonora no vive únicamente una crisis de seguridad: vive una crisis inducida de conciencia. En el norte del país, la violencia no es un fallo del sistema, es uno de sus productos mejor acabados.
El miedo se ha convertido en política pública no escrita, en una tecnología de control social que paraliza, fragmenta y somete. No es casualidad. Es diseño. La neurociencia es clara y brutal: el miedo crónico altera el cerebro.
Cuando la amenaza es constante, la amígdala toma el control y la corteza prefrontal —donde habitan el pensamiento crítico, la planeación y la rebeldía consciente— se apaga. Una sociedad aterrorizada no delibera, no cuestiona, no organiza: sobrevive. Y quien sobrevive, obedece. Ese conocimiento no solo lo usa el crimen organizado; lo administra el poder político que permitió su expansión.
Durante décadas, el Estado mexicano normalizó la violencia como paisaje y la impunidad como regla. Abandonó la educación, precarizó el empleo, devastó ecosistemas con minería extractiva, privatizó el agua y dejó a comunidades enteras sin futuro. Ese vacío no lo llenó el azar, lo llenaron las armas.
El reclutamiento criminal no nace del mal, nace de un modelo que expulsó a la juventud del porvenir. Los jóvenes de Sonora lo saben. Entienden que el problema no es solo el narco, sino el régimen que lo tolera, lo negocia o lo utiliza como excusa para militarizar sin transformar.
Comprenden que la violencia y la destrucción ambiental responden a la misma lógica: extraer sin límite, desechar vidas, cancelar futuros. Territorio perforado, cerebro agotado, sociedad domesticada. La ciencia también advierte algo más incómodo para el poder: sin seguridad, sin dignidad material y sin un entorno sano, no hay ciudadanía plena. No se puede exigir “responsabilidad social” a cerebros sometidos al estrés permanente.
Por eso la lucha juvenil no es solo contra las balas, sino contra el modelo que fabrica miedo para gobernar. Esta generación ya no cree en discursos vacíos ni en pactos silenciosos. Rechaza la retórica de la resignación y los gestos sin estrategia. Sabe que combatir la violencia implica reconstruir el cerebro social: educación crítica, ciencia, cultura, justicia ambiental y un Estado que deje de usar el miedo como método de control.
En Sonora está emergiendo algo profundamente peligroso para el poder tradicional: una juventud que conecta neurociencia con política, territorio con dignidad y futuro con acción colectiva.
Y cuando una sociedad recupera su capacidad de pensar sin miedo, ningún cártel ni ningún régimen puede detenerla. Porque la revolución real no empieza con balas, empieza en la mente. Y esa ya despertó.




