POR ING HÉCTOR CASTRO GALLEGOS
La política mexicana —y buena parte de la política global— comete un error que en cualquier deporte profesional sería imperdonable: no forma talento, lo improvisa. Mientras el fútbol, el atletismo o el béisbol invierten veinte años en desarrollar a un jugador antes de ponerlo en la élite, la política sigue creyendo que el liderazgo se fabrica en una campaña de seis meses, a base de discursos huecos y lealtades forzadas.
El resultado es evidente: liderazgos frágiles, autoritarios o vacíos, incapaces de entender un mundo gobernado por ciencia, tecnología, datos, crisis climática y sociedades hiperconectadas. No es un problema ideológico; es un problema estructural.
La política del siglo XXI sigue operando con lógica del siglo XX… y a veces del XIX. Hoy los partidos no buscan talento: buscan obediencia.
No reclutan mentes críticas: reclutan operadores. No forman liderazgos: consumen rostros. A los jóvenes no se les entrena; se les usa como decoración electoral o carne de redes sociales. Se les lanza prematuramente a la competencia y, cuando fallan, el sistema los descarta y los culpa.
Exactamente lo contrario de cualquier modelo serio de formación. Desde la neurociencia y la experiencia social sabemos que el liderazgo no surge bajo presión tóxica ni bajo miedo. Un cerebro sometido al estrés constante no delibera: reacciona.
Y eso es lo que hoy gobierna: reacción, improvisación y propaganda, no pensamiento estratégico ni visión de futuro. La política necesita con urgencia canteras de liderazgo, no caudillos reciclados.
Espacios donde niñas, niños y jóvenes aprendan ética pública, toma de decisiones, ciencia aplicada al gobierno, negociación, manejo del poder y responsabilidad social. Sin partidos. Sin dogmas. Sin propaganda.
Como en el deporte: primero se forma la técnica, luego el carácter, y solo al final se compite.
Los “buscadores de talento” del nuevo sistema no deberían estar en los comités partidistas, sino en universidades, comunidades, laboratorios sociales, barrios y territorios olvidados. Porque el verdadero talento político casi nunca está donde está el poder; está donde están los problemas.
La conclusión es incómoda, pero inevitable: la política actual no produce líderes, los quema.
No construye futuro, lo hipoteca.
No forma ciudadanos, los desgasta. Un sistema que no entrena a sus futuros gobernantes está condenado a ser gobernado por improvisados. Y una democracia sin cantera no envejece: colapsa.
El siglo XXI no necesita más campañas. Necesita liderazgos formados antes de pedir el poder, no después de destruirlo.




