Por Ing. Héctor Castro Gallegos
En Sonora, la juventud crece entrenada en el miedo. No por naturaleza, sino por diseño.
l país que heredaron les enseñó —desde la biología más básica del cerebro— que la amenaza constante apaga la razón, paraliza la acción y normaliza el horror. Cuando el terror se vuelve cotidiano, el sistema nervioso aprende a sobrevivir, no a exigir. Y eso le ha servido al poder durante décadas: gobernar desde la amígdala, no desde la justicia.
Los desaparecidos no son solo víctimas del crimen organizado; son el resultado de un Estado que renunció a proteger la vida y decidió administrar el trauma. La desaparición forzada es una política no escrita que desarticula comunidades, rompe vínculos sociales y erosiona la confianza colectiva.
El cerebro humano, sometido a incertidumbre permanente, entra en modo de adaptación: baja expectativas, tolera lo intolerable y aprende a callar. Eso no es casualidad, es control. Pero algo cambió.
Los jóvenes ya no aceptan vivir anestesiados. Esta generación entendió que el miedo prolongado daña la memoria, la empatía y la capacidad de indignarse. Por eso, su respuesta no es pasiva: es cognitiva, emocional y política. Han decidido recuperar la conciencia en un país que quiso perderla.
Mientras el gobierno repite discursos huecos, ellos activan redes, ciencia, tecnología y memoria colectiva. Donde el Estado abandona el territorio, la juventud lo vuelve a habitar. La crisis de los desaparecidos también es ambiental.
Los desiertos, montes y ríos de Sonora se han convertido en archivos del abandono: fosas clandestinas donde el poder enterró su responsabilidad. Cada cuerpo hallado es una acusación directa al sistema político que permitió que el territorio se transformara en cementerio.
No hay desarrollo posible sobre tierra que guarda silencio impuesto.
El poder tradicional subestimó a esta generación.
Pensó que crecer entre violencia los volvería dóciles. Se equivocó. El mismo cerebro que fue expuesto al trauma aprendió a organizarse, a investigar, a documentar, a no olvidar. Universitarios, colectivos, comunicadores y artistas están reconstruyendo lo que el Estado destruyó: sentido, comunidad y verdad.
Los jóvenes no piden permiso para buscar a los desaparecidos porque saben algo esencial: cuando el Estado falla en su función primaria —proteger la vida— pierde legitimidad moral.
Esta no es una lucha ideológica, es biológica, humana y ética. Sin memoria no hay futuro, y sin justicia no hay país. Los jóvenes no buscan solo a los que faltan. Están señalando, con claridad científica y rabia lúcida, a los que sobran en el poder.




