Mi gusto es… (o la otra mirada) . Por: Lic. Miguel Ángel Avilés
Durante largo tiempo nos vendieron la idea de que la asertividad significaba hablar bajito, sonreír mucho y pedir disculpas incluso cuando te pisaran con intención o te echaran encima unos pepihuates con chile en un estadio sólo para lucirse ante los demás que reían como idiotas o nada más estar jugando.
Pese a ser los destinatarios o las víctimas del daño, la agresión o la burla, y en una equivocada idea sobre esta habilidad social, sonriamos como si aquello nos divirtiera, por más que enardeciéramos por dentro y casi nos inclinamos haciendo una caravana, con tal de no incomodar a los agresores.
“No pasa nada, no se preocupe. Quedó muy bonita mi camisa así. Hasta parece una obra de Hermann Nitsch”.
Bajo esa lógica, resulta que defenderse es una señal peligrosa de que nos estamos volviendo alguien que no éramos ni queremos ser. Hay que aguantar y apretar los dientes. No llores, mejor sonríe. Manten tu cordura, y olvídate de un reclamo.
Y no. Para nada.
La asertividad no es un salvoconducto, ni un voto de silencio, ni una promesa de docilidad eterna, ni el compromiso notariado de enmudecer para siempre. Eso déjaselo a un fanático, a un súbdito con apariencia ciudadana que confunde la admiración con la idolatría.
Es confrontar y afrontar eso que incomoda y requiere decirse. Es lo que el alma ocupa, verbalizar un “ya no más”, sobre lo no debe o no puede seguir así y dejar que aquel lastre, vaya al fondo del mar, para aligerar por fin el cuerpo y sanar.
Sé que puede llegar a pasarme a mí o a ella y estoy consciente, pero nada podemos hacer:
“Lo siento, el amor se acabó y tengo que decírtelo, por más que esto te duela” (yo a Kim Kardashian pero en inglés).
“Micky: You’re the best thing that’s ever happened to me, but that haircut they gave you is awful!” (ella a mí, pero en español).
Nadie puede ser don Ramón y ponerle una y otra vez la otra mejilla a doña Florinda por los siglos de los siglos ni callarte nomas para demostrar superioridad moral y el reconocimiento de que eres muy bueno.
El ser asertivo es expresar lo que piensas sin convertirte en el malo de la película o en el que dice su opinión sin que tenga que recibir el adjetivo de conservador o de traidor a la patria o neoliberal por quienes conducen a este país, hacia el más grande crecimiento y desarrollo. Te protege los derechos propios sin agredir, aunque así lo interprete convenencieramente el destinatario porque busca neutralizarte con la culpa.
No se trata de decir lo que pensamos, amenazando al otro con dos piedras en la mano ni tampoco blandiendo un cuchillo, por más que en ocasiones implica subir el volumen y arruinarle el día a alguien que por años se reclinó muy a gusto en la comodidad de tu paciencia. La asertividad es ese extraño arte social que consiste en decir lo que uno piensa sin pedir disculpas por respirar o mirar a los ojos a alguien, sin necesidad de amenazarlo de que lo denunciarás en la radio o que llevarás el pleito a “caso cerrado” con la doctora Polo.
No es sumisión —esa disciplina olímpica donde uno dice “sí” mientras por dentro grita— ni agresividad —el deporte extremo de arrasar con todo y luego preguntarse por qué nadie te contesta los mensajes—.
Ser asertivo implica comunicar límites sin convertir cada conversación en un campo de batalla ni cada desacuerdo en una tragedia griega. Es, básicamente, decir “no puedo” en lugar de “claro, ningún problema” mientras el alma abandona el cuerpo, antes que se arrepienta y diga que está bromeando. Una habilidad sencilla en teoría, pero revolucionaria en una cultura donde se confunde sinceridad con grosería y amabilidad con servilismo.
Es cierto que no todos los conflictos nacen gracias a dos puntos de vistas divergentes o porque, a fuerzas, dos interlocutores discordaron y por eso andan agarrados del chongo. Algunos nacen del unilateral propósito de hacer el mal, con un apetito voraz para dañar. Esa gente piensa que, frente a sí, tiene un amplio buffet y tú o cualquiera es parte del menú para ser devorado, emocionalmente, sin chistar.
En el mundo laboral existe una confusión muy conveniente: le llaman “asertividad” a la capacidad de soportar abusos con buena cara y pedir disculpas incluso cuando el error fue de otro.
Pero el día que decimos “ahí estuvo”, “basta”, “hasta aquí”, es cuando la puerca tuerce el rabo y empieza el gran problema moderno porque nos hicieron creer que reaccionar es perder la esencia o es cambiar para mal de la noche a la mañana.
“¿Qué te está pasando? Tú no eres así”, te dicen. “Me acuerdo que eras bien tranquilo y muy calmado”.
Recuerdo que algo así me dijo la máxima autoridad de una instancia laboral, la ocasión que tuvimos que irrumpir en su oficina, con tal de que por fin nos atendiera, luego de varios intentos de la forma más amable. “Si quieres a la otra que me hagas, te visito saltando de gusto, con un ramo de flores y una caja de chocolates” pude decirle
Traducción simultánea sobre lo que me quería decir: “No hagas eso, aguántate como siempre, no incomodes, sé prudente, mantén esa cordura… mientras yo sigo de pillo…”.
Moraleja: defenderse no te convierte en una mala persona. Te convierte en una persona cansada de jugar un papel y que ya no quiere representarlo.
Hay una diferencia enorme entre ser agresivo y ser firme, aunque a muchos les conviene fingir que no la ven como tampoco ven su propia agresividad, porque la han ocultado entre las cobijas de la falsedad y fingen ser los más empáticos, los más sensibles ante una causa justa como esas que abanderaba en su juventud o en su época universitaria cuando su generosidad era real y sus convicciones de ayudar al prójimo eran genuinas hasta antes que cruzaran el umbral hacia la simulación.
Así es la cosa: El agresivo disfruta hacer daño; el firme solo quiere que dejen de hacérselo a él y ya no se queda callado, sin decirlo. Al principio el mundo suele mirar a ambos con el mismo ceño fruncido, sobre todo cuando el firme decide que ya fue suficiente. Cree que habiendo uno, ahora son dos los herejes, o que los roles se cambiaron para que uno actúe como el otro y viceversa, pero esto no es así, como tampoco el conseguir la horizontalidad en un diálogo entre dos personas, es de inmediato.
Como uno acaba de dar el primer paso luego de aguantarse tanto, se siente extraño, piensa que está siendo tan vil como ese otro, y entonces aparece la culpa. Esa vocecita educada, modosita, frágil, que susurra:
“Se me hace que exageraste, te hubieras quedado callado. Sí, tal como si fueras un dócil recluta del PRI setentero… quizás tengas que disculparte”.
Porque ese es el escenario idóneo para mantener a la gente decente en su lugar: incómoda, silenciosa y muy útil para los demás, ya que difícilmente estallarán a la primera, y en el proceso de su liberación, llorarán por dentro para no ser vistos por Dios y los quiera castigar.
Y no. No hay que excusarse por poner límites.
No hay que sentirse mal por enderezar el habla, cuando antes nadie quiso escucharla en volumen normal. No hay que pedir perdón por defenderse de quien no tuvo ningún reparo en atropellarte con frenesí.
Reaccionar no cambia tu esencia. Lo que cambia es el contexto. No puede ser el mismo nuestro actuar estando frente a la playa bebiendo una cerveza obscura que participar en un incendio, como tampoco habrás de cumplir a pie juntillas el manual de Carreño en plena riña callejera.
En una fingida dislexia, muchos confunden tu sensatez con debilidad, tu silencio con una autorización y tu aguante con una invitación abierta para que se te suban a los hombros. Cuando finalmente dices “alto”, se escandalizan, pero no porque fuiste descortés, sino porque ya no les resultas conveniente y así tan rebelde qué chiste tiene.
Quienes más se benefician de tu calma suelen ser los primeros en ofenderse cuando la pierdes.
Ah que caray.
Olvida lo que tu mente compró: no hay preseas más allá de tu creencia por dejarte pisar ni significa el preámbulo de tu canonización el que calles y calles frente al abuso.
No todo límite es violencia, ni toda firmeza es agresión.
No te volviste desagradable por dejar de sonreír mientras te faltaban al respeto o te cargaban la mano convencidos de que nunca te ibas a rebelar.
Tranquila/tranquilo: continúas siendo tú, nomás que con el sano hábito de no dejarte de los abusivos. Y si a alguien no le gusta esta versión tuya —la que habla claro, incomoda, sin ser agresiva ni irrespetuosa y no pide permiso para existir— siempre pueden practicar una tradición humana muy antigua: hacerse cargo de sus propios actos.
Voy a parecer que canto la de Arjona, pero defenderse nunca fue el problema.
El problema es que el sistema —laboral, social o moral— se diseñó para que la gente decente aguante en silencio y agradezca el bastonazo.
La asertividad no rompe la convivencia: rompe el negocio. Y por eso incomoda tanto.
Quien confunde tu firmeza con agresión no perdió tu respeto hoy; perdió su comodidad de ayer.
Eso también es aprendizaje.
Y también es asertividad.
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OMISIÓN DE CUIDADO
Tito, el niño de diez años de la colonia La Muralla en Guaymas, murió de rickettsia, una enfermedad prevenible. Su muerte no fue solo por la bacteria: fue consecuencia de la pobreza, el abandono y la omisión de una autoridad, que sabía del riesgo, pero no actuó. Mientras las calles sigan sin servicios, la basura se acumule y la prevención falle, otros niños seguirán expuestos, incluyendo el hermano de Tito. Nombrar la enfermedad es necesario; nombrar la responsabilidad institucional es indispensable. La muerte de Tito no puede volver a repetirse. Espero que esto nunca se olvide como se olvidaron los folios para su acta de defunción.




