Por Ing. Héctor Castro Gallegos
La juventud ya no consume la política como espectáculo: la disecciona como un sistema de manipulación neuronal.
Entendió algo que el poder tradicional preferiría mantener enterrado: gobernar no es solo administrar presupuesto, es intervenir el cerebro colectivo.
Y durante décadas el Estado perfeccionó esa técnica usando miedo, repetición y desgaste emocional como herramientas de control.
La neurociencia es clara: un cerebro sometido de forma constante a amenazas —violencia, crisis económica, colapso ambiental, urgencias fabricadas— entra en modo supervivencia. En ese estado, baja la reflexión, sube la obediencia y se acepta casi cualquier narrativa que prometa estabilidad.
Ese mecanismo ha sido funcional para un poder que no necesita ciudadanos críticos, sino poblaciones agotadas. El problema es que los jóvenes crecieron dentro de ese experimento… y desarrollaron resistencia. La generación actual ya no se deja hipnotizar por el rostro del gobernante ni por el discurso oficial.
Sabe que el poder real no siempre da conferencias: opera en contratos opacos, en intereses financieros, en corporaciones extractivas, en decisiones ambientales que se toman lejos del territorio afectado. Comprendió que la democracia formal muchas veces es solo la fachada amable de una estructura profundamente desigual.
En Sonora, esta conciencia es brutalmente concreta. Los jóvenes ven cómo se protege a industrias mientras se agota el agua, cómo se llama “progreso” a la devastación del desierto, cómo se administra la precariedad emocional como si fuera parte natural del paisaje. Y el cerebro hace lo que está diseñado para hacer: conecta puntos, detecta incoherencias, rechaza el discurso vacío. Por eso ya no creen en promesas, sino en evidencia. No en líderes carismáticos, sino en congruencia.
El error del poder tradicional es pensar que sigue controlando la realidad porque controla el mensaje. No entendió que los jóvenes viven en red, contrastan información en tiempo real y desmontan la propaganda con datos, imágenes y memoria digital. Un video, un hilo o una filtración pueden derrumbar años de narrativa oficial. Y eso es lo que realmente les incomoda. Esta no es una generación apática.
Es una generación neurológicamente despierta. Entendió que un entorno contaminado enferma la mente tanto como el cuerpo; que no hay salud mental posible en un país que normaliza la desigualdad y el ecocidio.
Por eso politiza el clima, el territorio, la economía y la salud emocional como un mismo conflicto estructural. El poder que operaba en las sombras ya está siendo observado, analizado y nombrado.
Y cuando una generación aprende a ver los engranajes que mueven la realidad, el control basado en el miedo empieza a fallar. Sonora está pariendo una juventud que no pide permiso para pensar. Y cuando el pensamiento se libera, el dominio tiembla.




