Por Ing. Héctor Castro Gallegos
El poder tradicional ha cometido un error neuronal básico: subestimar a quienes alimentan al país.
La política sonorense lleva décadas funcionando desde un cerebro viejo, rígido, acostumbrado a mandar sin escuchar. Un cerebro que ya no aprende. Mientras tanto, en los caminos polvorientos del estado, ocurre algo que no cabe en los informes oficiales: los jóvenes están reprogramando su forma de mirar el campo y a quienes lo sostienen, especialmente a las mujeres campesinas, las grandes invisibles del sistema.
La ciencia es clara: los seres humanos no obedecen eternamente estructuras que ignoran su dignidad. Cuando la injusticia se normaliza, el cerebro colectivo entra en modo alerta. Eso está pasando hoy. La juventud sonorense ya no romantiza el abandono rural ni compra el discurso del “progreso” que destruye su propia base. Entiende que sin tierra viva no hay futuro, que sin agua no hay soberanía y que sin campesinos no hay nación.
El poder, en cambio, sigue atrapado en reflejos primitivos: controlar, extraer, rentar, simular. Las mujeres campesinas han demostrado una inteligencia adaptativa que ningún escritorio gubernamental posee. Han sobrevivido a sequías, recortes, violencia institucional y olvido.
Su conocimiento no está en libros: está en la memoria del suelo, en la lectura del clima, en la ética del cuidado. Ellas no explotan la tierra; dialogan con ella.
Y eso, en plena crisis climática, es una ventaja evolutiva que el Estado desprecia por arrogancia y corrupción. Los jóvenes lo saben. Por eso ya no creen en políticas públicas que tratan al campo como mercancía ni en funcionarios que jamás han hundido las manos en la tierra. Saben que cuando el poder desconecta de la realidad, pierde legitimidad.
Y un poder sin legitimidad entra en pánico, responde con propaganda y castiga al que piensa distinto. Pero el cerebro joven no funciona con miedo: funciona con propósito. La verdadera disputa política en Sonora no es electoral, es ética y biológica.
Es entre un modelo depredador que agota recursos y personas, y una generación que entiende que cuidar la tierra es cuidarse a sí misma. Los campesinos no piden caridad: exigen justicia estructural. Agua limpia, crédito justo, tecnología con sentido humano, tierra para producir y no para especular.
Quien no entienda esto quedará fuera de la historia. Porque las manos que siembran también despiertan conciencias.
Y cuando una generación aprende a pensar con la tierra y no contra ella, ningún poder viejo puede detenerla.




