POR ING.HECTOR CASTRO GALLEGOS
El poder ya no gobierna solo con leyes ni con balas. Hoy gobierna desde el cerebro. La política real ocurre en el sistema nervioso, no en el Congreso. Quien controle la emoción colectiva, controla el voto, la rabia y el silencio.
Y el Super Bowl —como tantos otros rituales del espectáculo— es el laboratorio perfecto. La neurociencia ha demostrado algo incómodo para las élites: no decidimos racionalmente.
Decidimos desde la emoción, desde la recompensa, desde la identidad. El cerebro joven, en particular, responde más a la dopamina que a la tradición, más al sentido que a la autoridad. El poder lo sabe. Por eso ya no reprime: estimula.
El mensaje que se nos lanza no es libertad, es simulación de libertad.
Ritmo, diversidad, representación, exceso sensorial. El cerebro recibe placer, baja la alerta crítica y confunde euforia con transformación. Así se neutraliza el conflicto.
Así se apaga la pregunta peligrosa: ¿quién se beneficia? El poder tradicional aprendió que es mejor absorber la rebeldía que enfrentarla. Convertir la diferencia en estética, la protesta en coreografía, la identidad en mercancía. El resultado es una juventud emocionalmente activada pero políticamente desarmada.
Mucho estímulo, poca organización. Mucha visibilidad, cero poder real. Mientras tanto, el planeta arde. La crisis climática ya no es una amenaza futura: es una experiencia cotidiana. Sequías, incendios, colapsos energéticos. Pero el espectáculo sigue, como si la Tierra fuera un escenario más.
El mismo sistema que sobreestimula nuestros cerebros extrae, contamina y destruye sin pausa. Dopamina para distraer, petróleo para dominar. Aquí está la acusación directa: el poder usa la ciencia del cerebro contra la conciencia social.
No para liberar, sino para administrar emociones, dosificar indignación y evitar que la juventud conecte los puntos entre desigualdad, destrucción ambiental y concentración de riqueza. Nos quieren sensibles, pero no lúcidos.
Creativos, pero no organizados. Representados, pero no soberanos. La verdadera rebeldía hoy no es gritar más fuerte ni bailar mejor. Es recuperar el control cognitivo, romper el hechizo del estímulo constante y volver a pensar colectivamente.
Es entender que cuando el sistema te hace sentir incluido sin cambiar nada, te está usando. Si el poder te aplaude, no lo estás incomodando. Y si no incomodamos al poder, no estamos haciendo política: estamos consumiendo una ilusión.
La juventud no necesita más espectáculo. Necesita memoria, conciencia y acción. Todo lo demás es ruido diseñado para que nada cambie.
Bad Bunny, en ese escenario, es un experimento de domesticación simbólica.
El mensaje oculto no fue “rebeldía latina”, fue otro mucho más perverso: “Puedes ser diferente… siempre que no cuestiones nada.” Desde la neurociencia sabemos que la dopamina no distingue entre libertad real y =?utf-8?Q?simulacro_de_libertad._Si_el




