El poder tradicional no gobierna con ideas: gobierna con reflejos primitivos.
Miedo a perder control, adicción al privilegio, recompensa inmediata.
La ciencia lo ha demostrado hace años: cuando el poder se concentra, el cerebro se vuelve torpe, reduce la empatía y se obsesiona con conservar su dominio. Por eso el sistema político ya no piensa el futuro, solo defiende su zona de confort. Y por eso Sonora duele: porque la tierra fue abandonada no por ignorancia, sino por cálculo.
Hablar del campo siempre fue una simulación. Subsidios diseñados para la foto, discursos vacíos, programas que no regeneran suelo ni dignidad. El poder nunca quiso un campo fuerte, porque un pueblo que produce su alimento piensa, se organiza y deja de obedecer. La pobreza rural no fue un error: fue una estrategia. Mientras el campesino lucha por sobrevivir, el político duerme tranquilo. Pero algo se rompió. Y fueron los jóvenes.
La nueva generación no responde a la vieja lógica del miedo. Su cerebro no está entrenado para obedecer jerarquías sin sentido, sino para detectar incoherencias. Por eso cuestiona, por eso incomoda. Entiende que no hay justicia social sin justicia ambiental, que no hay desarrollo sin agua, que no hay futuro sin tierra viva. Y lo dice sin pedir permiso.
Sonora puede renacer desde el campo, pero no con la política de siempre. No con megaproyectos depredadores ni con discursos verdes de ocasión. Renace cuando la tecnología se pone al servicio de la vida y no del saqueo; cuando la energía solar alimenta al productor y no a la corrupción; cuando el conocimiento sustituye al clientelismo. Renace cuando el agua se cuida como bien común y no como botín privado.
El poder odia este modelo porque no puede controlarlo. Comunidades organizadas, jóvenes capacitados, mujeres liderando cooperativas agroecológicas: eso desarma al viejo régimen. Transparencia digital, trazabilidad del dinero público, soberanía alimentaria: eso apaga el circuito de impunidad que durante décadas alimentó a la élite política.
Hoy el conflicto es claro: tierra viva contra poder muerto. Conciencia contra codicia. Ciencia contra simulación. Los jóvenes no quieren heredar un desierto político ni ambiental. Quieren un Sonora donde producir no sea sinónimo de pobreza, donde el campo sea centro moral y no periferia olvidada. El mensaje es incómodo, pero inevitable: quien no entienda que el futuro se cultiva, será barrido por él. Porque la tierra, cuando despierta, no pide permiso. Y los jóvenes tampoco.

