Por: Ingeniero Héctor Castro
El poder sabe dulce porque activa los mismos circuitos que la recompensa inmediata. No es metáfora: el cerebro aprende rápido qué estímulos conviene repetir. Quien manda recibe aplauso, control y pertenencia; quien obedece recibe ruido. Así se explica por qué el poder se vuelve adicción y por qué, cuando escasea la legitimidad, se intenta fabricar obediencia con reglas nuevas.
No para representar mejor, sino para seguir ganando la dosis.
La política contemporánea se juega en la sinapsis. El miedo inhibe, la esperanza moviliza, la rabia fideliza. Cuando un movimiento gobierna con menos de la mitad del respaldo ciudadano, el cerebro colectivo entra en tensión: demasiada exclusión genera estrés social.
La respuesta autoritaria promete calma, pero solo eleva el cortisol del sistema. A corto plazo ordena; a mediano, quiebra.
Cambiar las reglas electorales para “estabilizar” es como reconfigurar un algoritmo para que siempre arroje el mismo resultado. Funciona hasta que los usuarios lo abandonan o lo hackean. Los sistemas cerrados colapsan porque niegan la plasticidad: la capacidad de adaptarse. La democracia, como el cerebro sano, necesita diversidad de señales, competencia y retroalimentación. Sin eso, aparece la rigidez… y luego el daño. Se nos vende la épica de la pureza: amigos contra enemigos, virtuosos contra corruptos. Ese relato dispara dopamina en la tribu, pero erosiona la corteza que permite deliberar.
La juventud lo entiende: dividir para mandar es viejo. Gobernar no es ganar una guerra simbólica, es sostener un ecosistema social. Y ningún ecosistema sobrevive si se tala la pluralidad.
Hay además una ceguera ambiental en esta lógica del control. El poder concentrado acelera decisiones extractivas, ignora límites físicos y externaliza costos. La ciencia es clara: sistemas complejos sin contrapesos colapsan. El clima no negocia con discursos.
La desigualdad tampoco. Cuando la política se vuelve adicta a sí misma, deja de escuchar las señales de alarma.
El argumento de la “gobernabilidad” es una coartada neuroquímica: menos ruido para sentir más control. Pero la historia demuestra que las amenazas más serias no vienen de afuera, sino de adentro. Movimientos amplios, sin válvulas democráticas, estallan por rivalidades internas.
La represión de la competencia no la elimina; la concentra y la vuelve violenta. La paradoja es brutal: diseñar reglas para eternizarse acelera el desgaste.
La legitimidad no se decreta; se construye. Con minorías grandes no se gobierna como nación. Se dialoga, se abre, se corrige. Lo contrario no es fuerza: es miedo. Y el miedo, en política, siempre termina pasando factura.




