POR ING.Héctor Castro Gallegos
Nos llamaron distraídos. Nos llamaron raros. Se burlan cuando algunos niños y jóvenes hablamos de sentirnos animales en un mundo que nos trata peor que a uno. La idea de identificarnos con animales no es nueva.
Muchas culturas antiguas tenían: • Tótems. • Espíritus animales. • Metáforas identitarias ligadas a la naturaleza.
Lo que cambia hoy es que internet permite que nosotros los jóvenes nos agrupemos y formemos una comunidad Y mientras el poder político convierten el movimiento therian en meme nacional, nadie habla de lo esencial: abandono, ansiedad, crisis climática, escuelas rebasadas y un futuro hipotecado.
Hoy decimos algo distinto: no somos una moda, somos síntoma. La neurociencia es clara: el cerebro joven busca pertenencia, identidad y sentido. Cuando las instituciones fallan —familia agotada, escuelas saturadas, política cínica— la mente construye refugios simbólicos.
No es locura; es adaptación.
El problema no es que existan therians.
El problema es por qué tantos necesitamos sentirnos parte de una “manada” para sobrevivir emocionalmente. Porque el Estado no escucha. Porque la política administra presupuestos pero no cuida mentes.
Porque el poder prefiere ridiculizar antes que asumir su responsabilidad en la epidemia de soledad, depresión y desesperanza que atraviesa generaciones.
Y mientras tanto, el planeta se recalienta, el agua escasea y los empleos se precarizan. Nos exigen productividad en un sistema que devora ecosistemas y luego se sorprenden de que la juventud busque otras formas de identidad.
Nos piden cordura en medio de incendios forestales, contaminación crónica y ciudades diseñadas para el consumo, no para la vida. Por eso esta no es una defensa ingenua del movimiento therian.
Es una transformación política de nuestro mensaje. Si tantos queremos ser manada, entonces seamos manada consciente. Si el cerebro necesita pertenecer, que pertenezca a algo que exija salud mental pública, educación con recursos reales, políticas ambientales vinculantes y participación juvenil efectiva. No aceptamos que nos reduzcan a caricatura. No somos distracción.
Somos generación que exige atención estructural. Somos niños que no quieren crecer en un mundo colapsado. Somos jóvenes que no queremos salarios de supervivencia. Somos adultos que se cansaron de normalizar la indiferencia institucional.
Que quede claro: la protesta no es contra identidades, es contra la negligencia. Contra el poder que ignora señales de alarma y luego criminaliza la reacción.
Si nos llaman manada, que así sea. Pero esta manada no huye. Esta manada exige.




