
El Zancudo. Por: Arturo Soto
Lo que ocurrió ayer en México no puede entenderse sino a partir de un análisis que pase por el tamiz de la honestidad intelectual y el reconocimiento de que el fenómeno del narcotráfico, su diversificación y globalización solo pudo llegar al punto en que nos encontramos con la connivencia, cuando no la complicidad de sucesivos gobiernos, sin distingo de colores partidistas, y de la propia sociedad.
Desde los estratos más bajos en los barrios populares donde pululan ‘tiradores’ de pequeñas dosis de droga y aparecen ominosos ‘picaderos’, hasta las más encumbradas esferas del poder político, económico, policial y militar es un tema que se relata entre murmullos y se observa con disimulo.
Hasta la segunda mitad del siglo pasado todavía resultaba relativamente fácil mantener el fenómeno controlado, delimitar territorios, establecer rutas, mantener códigos no escritos y acuerdos no institucionales para que el contrabando fluyera sin muchos aspavientos desde las montañas de Michoacán y Guerrero; la sierra de Sinaloa, Chihuahua, Sonora y Durango. Básicamente mariguana y derivados de la amapola, de gran demanda en el mercado negro de EEUU.
Por ahí de los años 60 y 70 comenzaron a expandirse los cárteles sudamericanos -señaladamente de Colombia- que encontraron en México tres o cuatro organizaciones criminales con capacidad para colaborar en el tránsito de sus cargamentos con rumbo al norte, pero ahora con cocaína.
Algunos estudiosos del tema ubican en la década de los ochenta un punto de inflexión, cuando los cárteles colombianos dejaron de pagar en efectivo a los mexicanos y comenzaron a hacerlo con mercancía que, ante el endurecimiento de la vigilancia fronteriza de los norteamericanos, empezó a distribuirse en México, generando una gran demanda y un mercado nada despreciable; consecuentemente, se generó también una legión de consumidores que detonó el problema de las adicciones, no en los niveles que alcanza en Estados Unidos, pero sí bastante serio.
El problema se complicó con la aparición de drogas de diseño, metanfetaminas y más recientemente, fentanilo, que está causando estragos en Norteamérica, pero comienza a hacerlo también en México.
Así se fue formando la tormenta perfecta: las descomunales ganancias despertaron las ambiciones en las organizaciones criminales y las nuevas drogas volvieron a sus integrantes más violentos y despiadados; la guerra por los territorios se volvió más que cruenta y los castigos ejemplares se volvieron estampas cotidianas en la nota roja y las redes sociales, con decapitaciones en vivo, desmembramientos e incineración de personas vivas, ni qué decir de las ejecuciones, balaceras, secuestros y levantones.
Esa guerra fragmentó a los cárteles mexicanos. De cuatro o cinco que había en las postrimerías del siglo pasado, un estudio publicado recientemente revela que ya operan en México alrededor de 150 células criminales, muchas de ellas lideradas por sicarios de poca monta que asumieron el terror como método para escalar en el negocio.
El ejemplo más reciente es el del Cártel del Pacífico (o de Sinaloa) que mantiene una guerra desde agosto del año antepasado, entre sus dos principales facciones a raíz de la extracción del Mayo Zambada en un episodio nunca aclarado del todo y que desprende un olor fétido de corrupción por todos lados.
El CJNG surgió precisamente de una escisión de otro cártel; su líder, Nemesio Oceguera fue policía antes de narco. En muy poco tiempo le disputó al poderoso Cártel de Sinaloa todos los territorios y sus métodos extremadamente violentos lo llevaron a ser considerado por el gobierno de EEUU como una organización terrorista.
Donald Trump lo puso en la mira desde que comenzó a presionar a México para que intensificara su combate al crimen organizado, algo que en el sexenio pasado se abordó con bastante displicencia, por decirlo amablemente.
Como ha podido, Claudia Sheinbaum ha capoteado el temporal de esas presiones y, manteniendo un discurso de ‘colaboración sin subordinación’ ha cedido a todas las exigencias. Con Omar García Harfuch a la cabeza de la Secretaríade Seguridad federal y con la participación del Ejército, la Marina y la Guardia Nacional han asestado fuertes golpes al crimen organizado, logrando decomisos y capturas históricas; les ha entregado -en tres envíos- 92 criminales que purgaban condenas en cárceles mexicanas, entre otras cosas.
Recientemente, el Senado mexicano aprobó el ingreso de un cuerpo de élite de militares norteamericanos para ‘capacitación’ de sus homólogos en nuestro país. La Sedena confirmó ayer, que en el operativo para capturar al Mencho en el municipio de Tapalpa hubo colaboración de los estadunidenses. El capo se enfrentó a los militares mexicanos y resultó herido, falleciendo posteriormente mientras lo trasladaban a un hospital.
De las secuelas de esa captura no se necesita abundar mucho. Todos vimos lo que sucedió ayer en varios estados del país.
Lo que sigue ahora es un misterio. Es posible que el CJNG entre en un proceso de disputa por el mando, cuyas consecuencias son impredecibles. Con la captura y muerte de El Mencho no termina una era de violencia, apenas está naciendo otra.
Pero algo quedó claro: ningún grupo del crimen organizado tiene más poder de fuego, organización, inteligencia, preparación y logística, que las fuerzas armadas mexicanas que, cuando se deciden a actuar, lo hacen y muy bien. Aunque a veces tengan que venir los gringos a darles un empujoncito…
II
Mientras tanto en la grilla local, sigue el galope de aspirantes a la candidatura de Morena y sus aliados a la gubernatura, siendo el más activo en la semana que pasó, el alcalde de Cajeme, Javier Lamarque Cano que estuvo en los municipios de Hermosillo, Álamos y Guaymas encabezando los llamados Encuentros por la Trasformación.
En el carril contiguo se mantiene la senadora Lorenia Valles, que está armando un equipo interesante en todo el estado, sosteniendo también encuentros con empresarios de alto calibre.
Por cierto, apunte usted en el equipo de la senadora al nogalense Ramón Baldenebro Garduño, agente fiscal en aquella fronteriza ciudad y actualmente diputado federal suplente en el distrito 02.
Baldenebro coordinó en Nogales la campaña de Alfonso Durazo en 2021 y lo hace ahora con Lorenia; ya estuvo en la terna para la alcaldía en 2024 y hoy mantiene la mano levantada porque quiere ser candidato a la presidencia municipal. No le pierda pisada porque se anda moviendo mucho con sus jornadas de servicios gratuitos en los barrios y colonias de Nogales.
Volviendo con los aspirantes a ‘la grande’, la lista ha crecido últimamente. Heriberto Aguilar reiteró que sería un honor ser gobernador de Sonora, pero que esperará la convocatoria; Froylán Gámez, el secretario de Educación también se apuntó en esa lista, lo mismo que la secretaria de Agricultura, Célida López.
Apenas ayer, la titular de la secretaría Anticorrupción y Buen Gobierno, María Dolores del Río anunció que decidió participar en la encuesta que Morena llevará a cabo para elegir al Coordinador de los Comités de Transformación (así le llaman a los candidatos) rumbo al 2027.
Vamos a ver cuántos más se suman esta semana.
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