POR: ING. HÉCTOR CASTRO GALLEGOS
Hay algo profundamente irónico en la política mexicana: quienes gobiernan conocen el diagnóstico, pero siempre se equivocan en el remedio.
Cada reforma electoral se presenta como una cirugía mayor para salvar a la democracia, pero termina siendo apenas una curita institucional.
El problema es evidente desde hace décadas: los partidos dejaron de ser instrumentos ciudadanos y se convirtieron en propiedades casi privadas de pequeñas élites.
No son organismos democráticos; son estructuras cerradas diseñadas para conservar el poder. Las nuevas generaciones observan este fenómeno con una mirada distinta. Crecieron en la era de la ciencia, la información y la evidencia.
Desde la neurociencia sabemos que los sistemas cerrados desarrollan mecanismos defensivos que protegen a quienes están dentro y bloquean cualquier renovación.
Eso es exactamente lo que ocurre en los partidos políticos: funcionan como cerebros primitivos que reaccionan ante cualquier amenaza con el mismo reflejo automático, concentrar más poder en menos manos. Por eso todos los partidos terminan padeciendo la misma enfermedad.
No se trata de ideologías ni de colores. Es el resultado directo de las reglas que permiten que unos cuantos controlen padrones, candidaturas y decisiones estratégicas. Cuando el poder se concentra demasiado tiempo en las mismas estructuras ocurre algo parecido a la endogamia biológica: el sistema pierde diversidad, se debilita y termina funcionando sólo para preservarse a sí mismo.
La reforma electoral presentada recientemente reconoce parcialmente el problema al proponer que algunas candidaturas se sometan al voto directo.
Pero cuando el edificio tiene fallas estructurales, abrir una ventana no cambia la arquitectura.
El remedio parece más un placebo político que una transformación real. La verdadera deuda democrática del país no está en las elecciones constitucionales. Está dentro de los partidos.
Es absurdo esperar que organizaciones gobernadas por lógicas autoritarias produzcan gobiernos verdaderamente democráticos. La naturaleza ofrece una analogía clara: ningún ecosistema contaminado puede generar agua limpia. La juventud entiende esto con claridad.
Creció en medio de crisis ambientales, desigualdad y desconfianza institucional. En un mundo donde la ciencia exige evidencia y la emergencia climática exige responsabilidad, las viejas estructuras de control partidista se ven cada vez más anacrónicas.
El cambio real exigiría algo simple y radical al mismo tiempo: garantizar el derecho de la militancia a competir dentro de sus propias organizaciones. Elecciones internas abiertas, transparentes y competitivas.
Mérito en lugar de obediencia.
Pero ahí aparece la paradoja del sistema. Las reglas deben ser aprobadas por quienes se benefician de que no existan. Es la serpiente política mordiéndose la cola. Mientras eso no cambie, cualquier reforma será apenas maquillaje democrático.
Y la nueva generación ya no está dispuesta a seguir




