POR ING. HÉCTOR CASTRO GALLEGOS
Este lunes apareció en el barrio un mercado extraño. Una carpa de diez por diez metros, perfectamente montada, con una sola entrada y una sola salida. Había verduras, frutas y algunos productos del campo.
A primera vista parecía un tianguis cualquiera, como los que sobreviven con dignidad en las aceras del país. Pero bastaba mirar con atención para entender que aquello no era un mercado popular.
Era otra cosa. Las marchantas de siempre llegan en camionetas viejas, en taxis cargados de cajas, en trocas cansadas por años de trabajo. Aquí no. Aquí la mercancía venía en un camión nuevo, perfectamente rotulado con colores institucionales.
Los vendedores no eran campesinos curtidos por el sol, sino operadores uniformados con chalecos idénticos. Y entre las lechugas y los jitomates había algo más importante que la mercancía: personas tomando datos.
Nombre.
Teléfono.
Dirección.
No era un mercado.
Era un censo político disfrazado de apoyo social.
La escena podría parecer menor, casi doméstica, pero revela algo más profundo. Mientras en las cúpulas del poder se anuncian decenas de miles de comités territoriales y estructuras electorales que cubren cada sección del país, en los barrios comienza a desplegarse la maquinaria.
No con discursos ideológicos, sino con gestos aparentemente inocentes: verduras baratas, programas sociales, listas de ciudadanos. La ciencia del comportamiento político lo explica con brutal claridad: el cerebro humano responde al principio de reciprocidad.
Cuando alguien recibe un beneficio, aunque sea pequeño, se activa una predisposición emocional hacia quien lo otorga.
No es teoría política. Es neurobiología.
El poder lo sabe desde hace décadas.
Por eso el viejo poder —aunque cambie de color, discurso o logotipo— sigue operando igual: creando dependencia en lugar de ciudadanía.
Pero aquí es donde la generación joven debe levantar la voz. Porque mientras se organizan redes para controlar votos, el país enfrenta crisis reales que nadie está discutiendo con seriedad.
La ciencia advierte que México será uno de los territorios más golpeados por la crisis climática: sequías más largas, ciudades con estrés hídrico, ecosistemas colapsando. Y frente a eso, la política sigue atrapada en la lógica primitiva del clientelismo.
Un mercado improvisado no es política pública. Una libreta llena de nombres no es participación ciudadana. Una estructura electoral no es democracia. Los jóvenes lo saben.
Lo sienten. Y cada vez lo dicen más fuerte.
La política del siglo XXI no puede seguir funcionando c
omo una carpa itinerante donde se intercambian favores por silencio. Porque un país no se transforma con listas de beneficiarios. Se transforma con ciudadanos despiertos. Y esa generación ya está aquí.




