POR ING.HÉCTOR CASTRO GALLEGOS
En este país nos han vendido durante años la idea de que la democracia se decide en las urnas. Que el voto define el rumbo del país.
Pero la realidad que muchos jóvenes ya empezamos a entender es otra: el verdadero poder no se decide en las plazas ni en las campañas, se decide en los márgenes del Congreso, en esos pequeños números que permiten o bloquean el cambio de las reglas del juego.
Hoy el sistema político vive de una aritmética frágil.
El bloque dominante presume una mayoría amplia, pero cuando se trata de modificar la Constitución necesita algo más que discursos triunfales: necesita votos que no controla.
Y ahí aparece la verdadera grieta del sistema. Una pequeña fuerza legislativa tiene la llave que abre o cierra las reformas más profundas del país. Ese pequeño grupo no representa necesariamente a millones de ciudadanos movilizados.
Representa algo mucho más antiguo: la lógica del poder tradicional, esa que convierte la política en un mercado de favores donde el futuro de una nación puede depender de una negociación silenciosa. Pero esta generación ya no observa la política con los ojos del siglo pasado.
Somos la generación que creció viendo incendiarse los bosques, secarse los ríos y multiplicarse las ciudades sin aire limpio. Somos la generación que aprendió en la ciencia que los sistemas colapsan cuando sus equilibrios son artificiales.
Y el equilibrio político del país es exactamente eso: un sistema sostenido por acuerdos de poder que poco tienen que ver con la voluntad real de la sociedad. Mientras la ciencia advierte sobre el colapso ambiental, el Congreso sigue atrapado en una lógica de supervivencia política. Se discuten reformas estructurales mientras el planeta arde y el agua se vuelve escasa.
Se negocian votos mientras el futuro se evapora. Por eso la discusión ya no es quién gobierna hoy. La discusión es quién controla la llave que permite cambiar las reglas del país.
Y esa llave sigue atrapada dentro del viejo modelo político.
Pero algo está cambiando. Las nuevas generaciones ya no creen en partidos eternos ni en estructuras inamovibles.
Crecieron en un mundo donde la información circula libre, donde la ciencia cuestiona los dogmas y donde la conciencia ambiental está redefiniendo el significado del progreso.
La política tradicional aún no lo entiende.
Pero la historia demuestra que cuando una generación descubre cómo funciona realmente el poder, el sistema empieza a temblar. Y esa sacudida apenas comienza




