POR ING. HÉCTOR CASTRO GALLEGOS
Durante los últimos ocho años el sistema bancario ha vivido una bonanza extraordinaria.
Las utilidades han crecido de manera sostenida, alcanzando cifras históricas que los propios informes financieros celebran como señal de solidez. Pero mientras los balances bancarios sonríen, una generación entera mira esos números con una mezcla de incredulidad y enojo.
Para los jóvenes, la pregunta es simple: ¿Cómo puede un sistema ganar tanto dinero en una sociedad donde cada vez es más difícil pagar la renta, ahorrar o iniciar un negocio? La respuesta que muchos encuentran es incómoda: gran parte de esa riqueza proviene precisamente de la fragilidad económica de millones de personas.
Las comisiones se multiplican, los intereses de las tarjetas se disparan y los créditos personales se convierten en cadenas financieras que duran años. Desde la mirada juvenil, el banco dejó de ser un aliado para convertirse en un intermediario que prospera administrando la deuda permanente de la gente.
No financia sueños; administra obligaciones.
La crítica de los jóvenes no es una consigna ideológica ni un discurso romántico contra el capital.
Es una observación nacida de la experiencia cotidiana.
Quien intenta emprender se encuentra con barreras crediticias.
Quien busca comprar una vivienda descubre que los intereses convierten el proyecto en una deuda casi vitalicia. Quien simplemente quiere manejar su dinero termina pagando por cada movimiento.
Lo que indigna no es sólo la ganancia, sino la desproporción.
En una época marcada por la precariedad laboral, la informalidad creciente y salarios que avanzan más lento que la inflación, ver a los bancos reportar utilidades récord provoca una pregunta inevitable entre los jóvenes: ¿Para quién funciona realmente este sistema?
Las nuevas generaciones crecieron en un mundo digital donde todo puede transformarse rápidamente.
Por eso observan al sistema bancario tradicional como una estructura pesada, lenta y protegida por reglas que parecen diseñadas más para preservar privilegios que para incentivar la competencia o la innovación.
De ahí que muchos jóvenes estén mirando hacia alternativas financieras: fintech, pagos digitales o nuevas formas de administrar dinero fuera de la banca tradicional. No porque crean que esas soluciones son perfectas, sino porque representan algo que el sistema bancario parece haber olvidado: escuchar al usuario. Lo que está ocurriendo es, en el fondo, un choque generacional.
Mientras los bancos celebran ocho años de utilidades extraordinarias, una generación empieza a preguntarse si ese éxito no es también la evidencia de un sistema que se volvió demasiado cómodo con la desigualdad.
Y cuando una generación deja de confiar en una institución, el problema ya no es económico. Es histórico.




