POR ING.HÉCTOR CASTRO GALLEGOS
El discurso oficial nos dice que la perspectiva de género venía a corregir injusticias, a equilibrar la cancha, a poner orden donde antes solo había silencio.
Y sí, algo de eso existe. Pero lo que nunca se dijo con claridad es cómo esa herramienta terminaría convertida en discurso, el discurso en sistema, y el sistema en una nueva forma de simulación. Hoy, desde la mirada de muchos jóvenes, el problema ya no es la causa, sino quién la administra y con qué intención.
Porque mientras el discurso oficial crece, la realidad sigue siendo cruda.
La violencia no desaparece, la precariedad tampoco, y la incertidumbre es el idioma común de toda una generación. Sin embargo, el sistema ha optado por jerarquizar el dolor: hay tragedias que se visibilizan y otras que simplemente no encajan en la narrativa dominante.
Eso no es justicia, es selección política. Se nos habla de equidad, pero se construyen discursos que dividen más de lo que unen. Se legisla con conceptos que, en teoría, buscan equilibrio, pero en la práctica muchas veces simplifican la complejidad humana en categorías rígidas.
Víctimas y culpables. Correctos e incorrectos. Sin matices. Y el mundo real está lleno de matices.
A muchos jóvenes no nos incomoda la igualdad; nos incomoda la simulación. Nos incomoda ver cómo causas legítimas se convierten en herramientas de legitimidad política.
Cómo el lenguaje sustituye a los resultados.
Cómo el discurso sustituye a la realidad.
Porque es más fácil nombrar el problema que resolverlo.
La perspectiva de género debía cuestionar estructuras profundas, pero en su aplicación ha terminado, en ocasiones, reforzando nuevas formas de control ideológico.
Cuestionar se vuelve incómodo.
Disentir se castiga socialmente.
Y pensar distinto empieza a verse como una amenaza. Eso no es progreso, es uniformidad disfrazada.
Mientras tanto, el sistema sigue intacto. Cambia el lenguaje, cambian los slogans, pero no cambian las condiciones de fondo: inseguridad, desigualdad económica, falta de oportunidades. Problemas que afectan a todos, sin distinción, pero que rara vez ocupan el centro del debate.
La conversación que necesitamos no es quién tiene más razón, sino por qué seguimos atrapados en un modelo que no resuelve lo esencial.
La perspectiva de género no es el problema. El problema es cuando se usa como escudo para evitar cambios reales. Y eso, para una generación que ya no cree fácilmente, tiene nombre: simulación.




