Mi gusto es… (o la otra mirada)
Para el Anibal Arnaud. Ah, y tambien para mi apá.
Ya les he platicado que yo, de niño, estaba convencido de que la enfermedad de mi papá era una especie de medalla.
No cualquiera se daba el lujo de presumir algo que sonara tan elegante, tan glamuroso, tan definitivo: insuficiencia coronaria.
Yo la repetía como quien afila un arma, esperando el momento de aventarla en el salón y dejar a todos con la boca abierta.
Mientras tanto, él iba y venía entre hospitales públicos, fotos de charro junto a mamá, prefecturas, taxis conducidos a medias y suspiros largos para agarrar aire.
Yo no entendía nada de eso.
Yo andaba ocupado en otra cosa: en ganar.
Obvio, ganar al pronunciar esa enfermedad o ese diagnóstico y dejar babeando a los presentes, no sin antes darme el triunfo.
Mis amigos traían lo suyo al referir el estado de salud de sus papás—cirrosis, presión alta, azúcar, lepra o enfermedades con nombres menos sonoros— o más plebeyas- dolor de caballo,Tripa ida, empacho-, pero yo ya tenía preparado el golpe final.
Los dejaba hablar, se confiaban, y entonces soltaba lo mío, con una seguridad que sólo da la ignorancia:
“Pues el mío tiene insuficiencia coronaria”.
¡Palos!
Nadie podía contra eso. Bueno, según yo.
Algunos de esos papás se fueron antes que el mío, otros casi al mismo tiempo. Hubo, también, muertes más ruidosas, más torpes o más absurdas: lo atropelló el carro que vendía nieves, salió a cazar liebres y murió deshidratado de pura insolación o se ahogó con una tira de hígado encebollado o quedó tendido afuera de una cantina, luego de una batalla campal por la disputa de una mujer.
Pero ni así —pensaba yo— lograban quitarle brillo a la mía. La de mi papá seguía siendo, incluso en la tragedia, la más “elegante”.
Así pensaba.
Hasta que uno crece y entiende que aquella palabra tan bonita no era un trofeo ni un laurel de victoria, sino una sentencia.
Que en 1973 no había un gran margen para discutirle al corazón cuando decidía fallar. Que mi papá no perdió contra una enfermedad de nombre rimbombante, sino contra un tiempo que no alcanzaba.
Nada valieron las idas a la otrora ciudad de México por más que fueran a la basílica y que al volver de allá, nos trajeran pan, barritas de alcanfor o de esos dulces que les decías “ borrachitos”.
El saber que mi apá tenía una enfermedad con un nombre bien bonito, no estaba sirviendo de nada.
Mejor dicho: no sirvió de nada y el 15 de marzo de aquel año, se fue.
Por fortuna,hoy la ciencia ha avanzado tanto que ese mismo diagnóstico, el que yo blandía como espada en el recreo, se enfrenta con bisturí, tecnología y precisión casi rutinaria.
Lo que antes era despedida, hoy muchas veces es apenas un par de horas de angustia como si nomás hiciera una pausa.
Y entonces aparece la vida, con su manera extraña de acomodar las cosas.
Porque no fue mi papá, pero fue Aníbal —mi amigo desde el kínder, mi carnalito del alma— quien se encontró cara a cara con ese mismo enemigo, también en marzo, sólo que en otra época, medio siglo después.
Y esta vez, del otro lado, no estaba el acantilado irreversible, sino la posibilidad.
Para envidia de lo que pueda quedar de mi apa, aparte de tanta añoranza y recuerdo, ahora hubo quirófano. Hubo manos firmes. Hubo conocimiento acumulado y la experiencia que no existía cinco décadas atrás, cuando más se necesitaba.
Y sobre todo hubo un nombre propio: María Isabel Sánchez Ramírez, una mujer, una cardióloga, una gran profesionista a quien un día podré conocerla en persona y le daré un cálido abrazo de admiración y de eterno agradecimiento.
Gracias a ella, y a todo lo que representa, la historia no se repitió.
Donde antes había un final, ahora hubo continuidad. Donde yo aprendí a perder sin entender, ahora me tocó ver ganar aunque ahora a esto le llamen de otro modo y ya no me guste tanto.
En ocasiones pienso en esa presunción infantil y no sé si reírme o pedirle perdón a alguien. Quizá a mi papá. Quizá al tiempo o a la ciencia que hizo lo que en ese momento estaba a su alcance.
Porque resulta que no, que no era cierto:
sí,cualquiera podía vencerme.
Bastaba con que llegara el futuro.
Y, de vez en cuando, con que también llegara a tiempo una doctora.
Y ahora, además, resulta que la muerte también se volvió medio sensible, como si de pronto le hubiera dado por corregir exámenes viejos.
Alguien vino con cierta intención de enmendar un tanto el daño que le hizo a un morrito de siete años, quien por fortuna ya tenía un amiguito de nombre Anibal cuya presencia quizá fue vital para que no se sintiera tan solo.
Alguien.
Porque si en aquella quincena de 1973 se llevó a don Ramón Avilés sin pedir permiso y sin dar muchas explicaciones, hoy parece que regresa —muy quitada de la pena— a dejar algo a cuenta.
No es lo mismo, claro. Nunca lo será. Tampoco se trata de hacer números alegres con lo irremediable.
Pero algo hay de ironía —y de consuelo— en que, tantos años después, la vida, Dios o lo que sea que administre estos asuntos, haya decidido mandarme de vuelta al Aníbal, nomas remendadito del corazón y con ganas de seguir dando lata.
Como si dijeran: “aquella te la debo… pero esta te la pago”.
Y mire usted qué cosa: de todos los amigos que uno va acumulando con los años, justo fue el primero el que volvió a la lista.
Sabrá Dios si eso sea justicia.
Pero se parece bastante a un hermoso regalo.




