POR ING. HÉCTOR CASTRO GALLEGOS
Entramos a la casa máxima de estudios creyendo que era el lugar donde se rompían los límites.
Nos dijeron que ahí se formaban las mentes que iban a cambiar el rumbo, que el esfuerzo dentro del aula se iba a convertir en poder afuera.
Nos lo repetimos tanto, que terminamos creyéndolo.
Hasta que dejó de sostenerse.
Porque lo que encontramos no fue una fábrica de ideas, sino una fábrica de inercias.
Un espacio donde lo importante no es cuestionar, sino cumplir; no es pensar distinto, sino encajar sin ruido.
Aquí no te apagan de golpe: te van moldeando poco a poco, hasta que entiendes que incomodar tiene costo y que adaptarte sale más barato.
Y entonces eliges.
Eliges no levantar la mano.
Eliges no preguntar de más.
Eliges no exigir lo que sabes que no va a llegar.
Eso también es aprendizaje.
El más peligroso de todos.
Aprendimos a sobrevivir en un sistema que no nos exige ser mejores, solo ser suficientes.
A navegar materias como trámites, profesores como obstáculos y semestres como etapas que hay que superar, no como procesos que valga la pena vivir.
Nos volvimos expertos en avanzar… sin crecer.
Y cuando alguien intenta romper esa lógica, el sistema no lo enfrenta: lo ignora.
Lo aísla.
Lo desgasta.
Porque aquí lo que desestabiliza no se discute, se neutraliza.
Nos dijeron que el título era una llave.
Pero nadie nos explicó que muchas puertas ya están cerradas, y que las pocas que quedan abiertas no se abren con papeles, sino con capacidades que aquí rara vez se construyen.
Allá afuera no importa cuánto obedeciste. Importa cuánto puedes resolver.
Y es ahí donde la realidad golpea más fuerte: cuando te das cuenta de que fuiste entrenado para adaptarte, no para competir.
Lo más grave no es que esto exista. Lo más grave es que funcione.
Funciona porque nadie lo rompe. Funciona porque todos lo toleran.
Funciona porque nosotros mismos aprendimos a no incomodarlo.
La casa máxima de estudios no está en crisis.
Está en equilibrio.
Un equilibrio donde todo se mantiene… menos la exigencia, menos la crítica, menos el impulso de transformar.
Y en ese silencio cómodo se pierde algo más que calidad educativa. Se pierde el carácter.
Porque al final, no salimos derrotados. Salimos peor: salimos convencidos de que así debía ser.

