
El zancudo. Por: Arturo Soto
Se acordará la mundialista lectora, el futbolero lector, de aquella épica selección Sub 17 que hizo la hombrada de ganarle a Brasil la final del campeonato mundial, venciéndolo 3 a 0 en Perú.
Corría el año de 2005 y el sexenio de Eduardo Bours se acercaba a su primera mitad, teniendo como uno de sus rasgos distintivos la incorporación de cuadros muy jóvenes a su gabinete. Vaya, hasta envió una iniciativa al Congreso -que desde luego aprobó- para reducir la edad requerida a quien ocupara el cargo de secretario de Seguridad, para colocar allí al joven Ernesto de Lucas Hopkins.
A esa generación de jóvenes políticos se les conoció entonces, en el furor de los festejos por el triunfo mundialista, como “La Sub 17” y era una apuesta transexenal del gobernador para forjar una nueva camada de figuras públicas que le dieran continuidad a sus políticas -el sueño de todo gobernante- desde los diversos cargos públicos, ya por designación, ya por elección.
Pero el destino, a veces, suele tener otros planes. A Eduardo Bours se le complicó el manejo de su propia sucesión; se obstinó en sacar adelante la candidatura de Alfonso Elías Serrano, echándole el aparato estatal encima a Ernesto “El Borrego” Gándara para vencerlo en una elección interna bastante desigual. A la postre, esto provocó un cisma en el tricolor que habría de costarle la gubernatura en 2009. La tragedia en la Guardería ABC fue el último empujón que necesitaba el PAN para hacerse con el poder ese año.
La famosa Sub 17 se dispersó un poco pero no se extinguió. Supo sobrevivir la adversidad de ser oposición, sobreviviendo al padrecismo, atestiguando el regreso del PRI a la presidencia de la República en 2012 y aguantando hasta el 2015, cuando también recuperaron la gubernatura con Claudia Pavlovich a la cabeza.
Apenas se estaban recuperando cuando llegó el tsunami obradorista de 2018; la gobernadora quedó con muy poco margen de maniobra frente al omnímodo poder presidencial y tres años después partía rumbo a Barcelona como Cónsul de México en aquella ciudad española. La Sub 17 volvía a quedarse no solo huérfana, sino bastante confundida, desmoralizada, desarticulada, terminando por difuminar el sueño transexenal de Eduardo Bours.
Sirva la digresión para traer al presente algunas similitudes de aquellos tiempos con los actuales.
Desde el inicio de su administración, Alfonso Durazo se propuso -y así lo ha reiterado a través de los años- forjar una nueva clase política que, ahora bajo los principios de la llamada cuarta transformación, den continuidad al proyecto que en Sonora inició el 2021.
La perspicaz lectora, el avezado lector se habrán dado cuenta que desde hace rato muchos de esos jóvenes están cobrando cada vez mayor visibilidad, promoviendo sus acciones desde las respectivas responsabilidades que encabezan. Estos movimientos no están, obviamente, desprovistos de una intencionalidad política. Al contrario, tienen el evidente propósito de posicionar nombres y perfiles rumbo a la contienda electoral del año próximo.
Esta generación bien podría llamarse la “Sub 27”, no en alusión futbolera, sino previendo el año en el que seguramente aparecerán en las boletas electorales y saldrán a medirse por tierra y aire, con los adversarios de otros partidos.
A diferencia de la “Sub 17”, la “Sub 27” no parece tener enfrente una oposición en ascenso, con liderazgos fuertes que en determinado momento lleguen a dar un manotazo sobre el tablero electoral, tirando todas las piezas y acomodando las suyas.
Eso no significa, sin embargo, que lo que viene sea un día de campo. Antes bien, los y las jóvenes actualmente proyectadas a la justa electoral tienen una doble responsabilidad: la de ganar en las urnas y la de probar que pueden darle no solo continuidad, sino viabilidad al proyecto en el que algunos de ellos nacieron políticamente.
Seguro se me escapan algunos nombres, pero entre quienes han cobrado mayor visibilidad últimamente podemos enlistar a la Jefa de la Oficina del Ejecutivo, Paulina Ocaña; a la coordinadora del Sistema Estatal de Comunicación, Paloma Terán; a la diputada Amayrani Peña y a la directora del DIF, Lizeth Vázquez.
Entre los varones: el secretario de Gobierno, Adolfo Salazar; el de Educación, Froylán Gámez; el de Economía y Turismo, Roberto Gradillas y el director del Instituto de Becas, Abraham Sierra.
Hay, insisto, muchos más que están con la carabina al hombro, listos para atender el llamado del partido y de las urnas, tanto en el gabinete como en el Poder Legislativo, pero sin duda los aquí mencionados son quienes más visibilidad han adquirido en fechas recientes.
Quedan, sin embargo, varias dudas en el ambiente, porque falta por ver cómo se definen los procesos internos, señaladamente el relativo a la candidatura al gobierno del estado, para ver cómo se articulan los equipos, qué fichas avanzan en el tablero, cuáles se quedan en sus cargos y cómo será su desempeño en las campañas.
Falta también ver cómo resuelve el gobernador la recta final de su sexenio, con un gabinete y una legislatura donde habrán de entrar suplentes, lo mismo que en algunas alcaldías.
Falta ver, asimismo, si los vientos siguen soplando a favor de la cuarta transformación en los próximos años, o si aparecen nubarrones parecidos a los que sacudieron a aquellas jóvenes promesas conocidas como la “Sub 17” de la que ya poco queda, o si la “Sub 27” corre con mejor suerte.
II
Le salió lo “Mario Delgado” a la rectora de la Universidad de Sonora, Dena María Camarena y en un arranque autoritario decidió suprimir la plaza de Director del Fondo Editorial universitario, que ocupaba el escritor Iván Ballesteros Rojo.
Al maestro de Literatura y doctor en Humanidades le aplicaron un “marxarriagazo” y sin más, lo despidieron de su trabajo. Huelga decir que no hay en estas líneas la mínima intención de comparar a Marx Arriaga con Iván Ballesteros, dios me libre. Es solo para ilustrar cómo, cuando desde el poder se decide deshacerse de alguien incómodo, lo hace de cualquier forma, encontrando los retruécanos legales para proceder.
Entiendo por qué Marx Arriaga resultaba incómodo como responsable de los libros de texto gratuitos de la SEP; lo que no entiendo es por qué Iván Ballesteros resultaría incómodo para la administración universitaria.
A no ser que tal incomodidad derive del comprobado trabajo que Ballesteros Rojo llevó a cabo como director del Fondo Editorial, y que está suficientemente documentado: alianzas con casas editoriales importantes, con la UNAM, el FCE, Universidad de Texas, Librería Ghandi, Universidad de Copenhague, como documenta Teresa Padrón en la revista Crónica Sonora.
Certámenes, publicaciones y premios acreditan el trabajo de Iván Ballesteros en la Unison, por lo cual no se entienden las razones de su despido. A no ser, insisto, que esas razones tengan que ver con el mal ejemplo que proyectaba y que podría cundir entre otros funcionarios universitarios: el de trabajar.
Vaya desde este espacio un mensaje de solidaridad para el señor Ballesteros Rojo, y una trompetilla a los argumentos esgrimidos por la Universidad, aludiendo a “la conclusión laboral correspondiente a un puesto de confianza (que) no modifica la existencia, la misión ni la continuidad funcional de la actividad editorial de la institución”.
¡Prrrrrrrrrrrrrtttt!
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