POR ING.HECTOR CASTRO GALLEGOS
En política siempre dicen lo mismo,la épica de conquistar el poder, pero nunca nos enseñaron la dignidad de soltarlo.
Esa omisión no es ingenua: es la grieta por donde el poder tradicional se eterniza, se recicla y se disfraza de experiencia para seguir mandando.
Hoy, desde la mirada de los jóvenes, esa trampa ya no pasa desapercibida. Gobernar no es heredar, ni apropiarse, ni extender el mandato por la vía de la sombra.
Es administrar un tiempo prestado. Y, sin embargo, vemos cómo quienes ya se fueron se niegan a irse: operan, presionan, deciden, imponen. No aceptan el retiro porque nunca entendieron el servicio. Para ellos, el poder no fue una responsabilidad, fue una propiedad.
Aquí está la acusación directa: el poder tradicional le tiene miedo a desaparecer. Por eso invade el presente con las manos del pasado.
Por eso ahoga liderazgos nuevos antes de que respiren. Por eso convierte la política en un circuito cerrado donde siempre ganan los mismos, incluso cuando pierden. Nos dicen que la experiencia es necesaria. Mentira a medias.
La experiencia que no sabe retirarse se vuelve obstáculo. Se convierte en tutela, en chantaje, en veto permanente. No construye instituciones: las suplanta.
No fortalece la democracia: la secuestra lentamente. La democracia no se mide solo en elecciones, sino en la capacidad real de renovación. Y hoy esa renovación está siendo bloqueada por quienes se rehúsan a soltar el control.
El problema no es que opinen; el problema es que deciden sin haber sido elegidos. Esa es la forma más elegante de autoritarismo: gobernar sin cargo.
El resultado es claro: gobiernos debilitados, generaciones frustradas y un país atrapado entre lo que fue y lo que no lo dejan ser. Mientras el poder siga orbitando alrededor de figuras que ya tuvieron su turno, el futuro seguirá en pausa.
Desde esta generación lo decimos sin rodeos: el verdadero liderazgo no está en acumular poder, sino en saber retirarse a tiempo.
Porque quedarse más allá del mandato no es compromiso, es ambición. No es vocación, es adicción.
Hoy el acto más revolucionario en política no es llegar, es irse.
No es imponer, es permitir. No es controlar, es soltar. Si el poder tradicional no entiende esto, no solo se volverá obsoleto: se convertirá en el principal enemigo de la democracia que dice defender. Y entonces no será la historia quien los retire. Seremos nosotros.




