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Home MI GUSTO ES
Laura y la canasta básica

La indignación tardía

Miguel Ángel Avilés by Miguel Ángel Avilés
11 abril, 2026
in MI GUSTO ES
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Mi gusto es… (o la otra mirada). Por: Lic. Miguel Ángel Avilés

Me he dado cuenta de que en mi país no hay nada más eficaz que la desgracia para llamar la atención. Todo lo demás —los avisos, las grietas, los dictámenes, los “esto se va a caer”— vive en la discreta penumbra de lo sabido pero ignorado.

Sabemos que ocurre, sabemos que es un riesgo, sabemos que es un peligro latente… pero mientras no haya una tragedia con la cortesía estadística de incluir, al menos, dos muertos, el asunto no amerita ni cambiar de canal.

Si apenas provoca un susto, si el edificio solo amenaza con derrumbarse sin la decencia de hacerlo en horario estelar, si nada más le cae un barrote en la cabeza a un adulto mayor, pero sobrevive, si se incendian dos terceras partes del mundo, pero sin buena cobertura mediática, o si alguien se automedica y lo peor que le pasa es dormir catorce horas y babear la almohada, entonces no pasa nada. Absolutamente nada. Seguimos la vida como si la realidad fuera una serie que logramos pausar cuando se vuelve incómoda.

Somos, al respecto, devotos contemplativos de la inminencia. Expertos en ver venir el desastre con una serenidad que rozaría lo zen, si no fuera porque en el fondo es pura desidia con WiFi. A lo mucho, redactamos un mensaje iracundo en Facebook —con faltas de ortografía y exceso de signos de exclamación—, liberamos la presión arterial y damos por cumplido el deber cívico. Porque, al final, ¿para qué involucrarse en lo que convenientemente declaramos ajeno?

Pero basta con que la mecha de la negligencia termine de consumirse y estalle el estruendo —con sus destrozos, su caos, sus heridos, sus muertos, sus desaparecidos y ese catálogo interminable de “efectos secundarios”— para que, ahora sí, nos invada una súbita vocación de bomberos después del incendio. Entonces queremos remediar lo irreparable, prevenir lo que ya ocurrió y exigir explicaciones con la puntualidad de quien siempre llega tarde, pero indignado.

Y, como si la tragedia necesitara además un culpable dócil, activamos otro reflejo muy nuestro: no investigamos a fondo la cadena de responsabilidades, exorcizamos objetos. Si estalla una planta, el problema son todas las plantas; si arde una guardería, el sospechoso es el aparato más cercano; si algo ocurre en una tienda, la conspiración la encabezan las sucursales completas, organizadas —al parecer— en células durmientes con vocación pirotécnica. El objeto sustituye al culpable con una eficacia envidiable: no se ampara, no declara y, sobre todo, no incomoda.

Ahí están los clásicos de nuestro repertorio. Una explosión en instalaciones de Pemex y de pronto el país entero inspeccionando válvulas como si la presión social se midiera en libras por pulgada cuadrada, mientras la presión de la responsabilidad se fuga por las juntas de siempre. La guardería ABC, donde por momentos el acusado parecía ser un cooler, (sin revisar siquiera la mexicanada que tenía para encenderse) casi con antecedentes penales por combustión espontánea, como si el plástico hubiera decidido delinquir por cuenta propia; más cómodo eso que mirar de frente la cadena de omisiones, permisos y complicidades que sí tienen nombre y firma.

Y lo mismo con ciertas tiendas: bastó un evento para que las Waldo’s parecieran, de pronto, una organización delictiva perfectamente coordinada, una letal delincuencia organizada, capaz de orquestar siniestros a distancia, como si entre pasillos y ofertas se escondiera un comité central del caos. Mucho más fácil eso que voltear a ver a quienes, por acción u omisión —hola, servicios públicos, supervisiones ausentes, mantenimientos inexistentes, entes privados administrando dinero público, (C) omisión Federal de Electricidad “Una empresa de clase mundial —, hicieron posible el desastre.

Sucedido lo indeseable y bajo el pretexto de la supervisión ahorita sí muy estricta, los requisitos para la apertura de giros comerciales aumentan y con ello la burocracia y la posible extorsión o un soborno. El caso de waldos es un ejemplo, no la tienda en sí, más bien otros comercios aledaños o lo que quieren abrir por primera vez cuyos dueños o inversionistas ahora están siendo requeridos por la entrega de este, otro y aquel documento más cinco más, original y copia tal como gestionan la visa de inmigración o residencia permanente, o peor aún, como si pretendieran adoptar un ornitorrinco en peligro de extinción o abrir una planta nuclear en el patio trasero: todo con tal de simular control, mientras el desorden de fondo conserva, disciplinado, su lugar intacto.

Ahora, con lo ocurrido en Hermosillo, la tentación es la misma pero con bata blanca: si algo sale mal, prohibamos el universo entero de las clínicas similares; si un tratamiento falla, declaremos en estado de excepción a los sueros vitaminados. No basta con desconfiar de ellos: hay que tratarlos como si integraran una célula delictiva. Estamos a nada de abrirles carpeta de investigación a las bolsas, de imputarles cargos a las venoclisis y de llamar a comparecer al gotero en calidad de testigo protegido. Que pase el suero al banquillo —con su respectiva cadena de custodia— mientras quienes autorizaron, omitieron, supervisaron mal o lucraron con la impericia aguardan, muy serenos, a que prescriba la memoria.

Desde su origen funcional en la medicina de mediados del siglo XX hasta la última infusión aplicada en un consultorio, todo queda bajo sospecha universal: no por lo que es, sino por lo cómodo que resulta culparlo. Así, la acción penal se vuelve expansiva con las cosas y selectivamente tímida con las personas o, dicho de otra manera: el avestruz escondiendo la cabeza en la tierra, pero tratando de ver de reojo. Aquí, mis amigos y amigas, no se procesa la conducta: se procesa el objeto… porque el objeto no se defiende. Y en ese teatro jurídico donde el acusado no respira, la negligencia, el dolo, la impericia y la corrupción vuelven a hacer lo que mejor saben: desaparecer a plena luz del día.

Y aquí aparece la otra cara de la moneda, la que confirma la regla: cuando no hay muertos, tampoco hay furia suficiente. Ah, se me olvidaba: la otra cara de la moneda que prueba mi teoría de que solo la desgracia enlutada nos sacude es el voraz incendio que hace unos meses consumió la tienda Sam’s Club que se ubica en Paseo del Río y Reforma, en Hermosillo.

Se quemó todito y, a la fecha, sin que el sector salud repare en ello, en el ambiente permanece un olor putrefacto originado —suponemos— por todos los embutidos y carnes de todos los colores que estaban en venta. Pero nada tiene que ver con pérdidas de vidas humanas, porque gracias a Dios no existieron. Y justo eso traza la diferencia: así como las guarderías, las Waldos, Pemex y los sueros, esta cadena internacional de tiendas de autoservicio estaría hoy frente al pelotón de fusilamiento compuesto por la autoridad investigadora, los medios, el tribunal popular bueno y sabio y alguna ocurrencia convertida en iniciativa de ley para prevenir y sancionar los incendios en la gigante corporación minorista estadounidense fundada por Sam Walton en 1983… en los Estados Unidos Mexicanos.

Pero no, señores: porque sin muertos, no hay juicio; sin luto, no hay prisa.

Y ahí estamos: los mismos que nos cruzamos de brazos mientras el problema crecía, ahora señalándonos con entusiasmo democrático. Sociedad civil contra gobierno, liberales contra conservadores, reaccionarios contra autodenominados revolucionarios. Todos muy ocupados repartiéndose culpas, como si la realidad no nos hubiera explotado en la cara a todos por igual.

En el fondo, somos una versión tropical del doctor Frankenstein: ensamblamos el desastre pieza por pieza —corrupción aquí, indiferencia allá, un toque de negligencia estructural— y, cuando la criatura abre los ojos y muestra los colmillos, fingimos horror y salimos corriendo, no vaya a ser que alguien nos reconozca como los padres (dándole en la madre a este país).

Somos también quienes avivan la llama y, cuando el incendio se vuelve incontenible, huyen hacia la zona más cómoda para, desde ahí, señalar con dedo flamígero, preferentemente frente al espejo, aunque sin mirarlo demasiado.

Porque, a la hora de la verdad, somos todas las partes en un mismo juicio: victimarios, víctimas, testigos, peritos, evidencia y hasta el mobiliario. Pero, curiosamente, el único papel que queremos interpretar es el de juez. Y si es posible, uno que dicta sentencia sin haber leído el expediente. Total, para eso está la desgracia: para resumirnos la historia en dos o más muertos y un mausoleo a donde ir a tranquilizar la conciencia.

Y como toda buena costumbre nacional, tenemos un catálogo de ejemplos que podría venderse en tomos semanales, con portada en luto riguroso. Ahí está el temblor del 85, que nos enseñó —por unas semanas— que los edificios también se caen cuando se construyen con fe en lugar de normas. Luego vino el de 2017, para recordarnos que la memoria sísmica nos dura menos que un trending topic y para evocar los reclamos que el gobierno llamó carroñeros, unos airados reclamos lanzados por quienes ahora acusan de carroñeros a los en aquel entonces eran gobierno.

Si no es bastante la ilustración, también están las explosiones de San Juanico, o la guardería ABC, o cada mina que colapsa con puntualidad minera: tragedias que primero fueron advertencia ignorada, luego noticia de ocho columnas y finalmente lección archivada en el cajón donde guardamos lo que juramos no repetir… hasta la próxima repetición.

¿Nunca más? Por favor, ahorita no bromeen.

Y qué decir de nuestras pequeñas tragedias cotidianas, esas que no alcanzan el rating suficiente para indignarnos más de un café. El puente que “ya tronaba”, el hospital sin insumos que “ya batallaba”, la carretera con baches capaces de fundar su propio municipio. Todo eso vive en un cómodo limbo donde el riesgo es una especie de rumor: todos lo han oído, nadie lo confirma y, por lo tanto, nadie hace nada, no vaya a ser que resolverlo nos quite el pretexto para lamentarnos después.

Tenemos, incluso, una curiosa relación con la prevención: la tratamos como a ese pariente incómodo al que solo invitamos cuando ya es demasiado tarde. Simulacros que se cumplen como coreografía escolar, extintores que decoran paredes con la elegancia de una reliquia y protocolos que existen en papel con la misma eficacia que un amuleto. Pero eso sí, una vez que todo falla, nos convertimos en expertos forenses de sobremesa, reconstruyendo lo evidente con la precisión de quien siempre supo… pero jamás dijo.

Porque en este país la tragedia no solo nos sacude: también nos organiza. Nos da tema de conversación, nos une en la desgracia compartida y, por unos días en tanto llega la siguiente, nos convierte en ciudadanos ejemplares, solidarios y profundamente indignados. Luego pasa. Siempre pasa. Y volvemos a nuestro estado natural: esa calma tensa donde nada ocurre… nada

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