POR ING. HÉCTOR CASTRO GALLEGOS
La política sigue atrapada en una fantasía: creer que gobernar es hablar, prometer y firmar papeles.
Pero el cerebro humano no confía en discursos, confía en resultados. No procesa ideologías, procesa experiencias. Y la experiencia cotidiana del ciudadano frente al Estado es una sola: frustración.
Ahí empieza el colapso. Cada trámite imposible, cada sistema que falla, cada proceso absurdo activa un mecanismo básico: rechazo. No es teoría política, es biología. Cuando el sistema se percibe como ineficiente, el cerebro lo clasifica como amenaza o como pérdida de tiempo.
Y frente a eso, la respuesta es desconexión, enojo o castigo. Eso es lo que está pasando. El poder tradicional no ha entendido que ya no gobierna sobre papel, sino sobre sistemas.
Y esos sistemas están rotos. No por accidente, sino por diseño. Procesos fragmentados, burocracias que se protegen a sí mismas, incentivos que premian la inacción. Un ecosistema donde hacer nada es más seguro que hacer algo.
No es incompetencia.
Es estructura.
Mientras el mundo optimiza con software, automatización e ingeniería de procesos, el Estado sigue operando como si fuera el siglo pasado: duplicando pasos, pidiendo datos que ya tiene, obligando al ciudadano a adaptarse a su ineficiencia. No hay diseño centrado en el usuario. Hay control centrado en el miedo.
Y eso tiene consecuencias políticas brutales. Porque la legitimidad ya no se gana en elecciones, se gana en la experiencia diaria. En segundos. En clics. En respuestas. Cada fallo administrativo es un mensaje claro: el poder no sirve. Y cuando esa idea se instala, no hay narrativa que la corrija. El sistema se cae desde adentro.
La reacción del poder ha sido la peor posible: más control, más reglas, más centralización. Es decir, más de lo mismo que ya fracasó. Un círculo vicioso donde el error se multiplica porque nadie quiere rediseñar el sistema desde su raíz. Pero el problema no se resuelve con leyes nuevas, sino con procesos nuevos.
Gobernar hoy exige entender comportamiento humano, reducir fricción, eliminar pasos inútiles, integrar tecnología real —no simulaciones digitales de burocracia vieja— y alinear incentivos para que resolver sea más rentable que bloquear.
Nada de eso está ocurriendo.
Porque hacerlo implica desmontar privilegios, romper inercias y aceptar una verdad incómoda: el enemigo no está afuera, está dentro del aparato que se niega a cambiar. Esta no es solo una crisis política. Es una crisis de funcionamiento.
Y mientras el poder siga obsesionado con parecer que gobierna, en lugar de realmente hacerlo, el país seguirá acumulando frustración hasta que esa frustración encuentre una salida. Cuando eso pase, no será sorpresa. Será consecuencia.




