POR ING. HÉCTOR CASTRO GALLEGOS
Siempre hablan de que la movilidad es progreso.
Que más carreteras significaban desarrollo.
Que el concreto era sinónimo de futuro.
Pero hoy, mientras venden autopistas como si fueran activos prescindibles, queda claro algo más incómodo: nunca pensaron en mover al país, solo en administrarlo.
El poder tradicional sigue atrapado en una lógica vieja: infraestructura física como símbolo de control. P
ero la evidencia científica sobre cómo tomamos decisiones —cómo el cerebro prioriza eficiencia, velocidad y recompensa inmediata— demuestra que los sistemas que no se adaptan simplemente se vuelven irrelevantes.
No es ideología, es biología.
Y México está siendo gobernado contra esa lógica.
La movilidad ya no es solo asfalto.
Es datos, automatización, redes inteligentes.
Es trenes que optimizan rutas en tiempo real, puertos que operan con inteligencia artificial, carreteras que dialogan con vehículos autónomos.
Pero aquí seguimos celebrando kilómetros construidos como si estuviéramos en el siglo pasado.
La venta de autopistas no es estrategia: es síntoma. Síntoma de un poder que llega tarde a todo.
Que no entiende que la verdadera infraestructura hoy no se mide en casetas, sino en capacidad de integrar sistemas.
Y mientras eso pasa, el país se fragmenta: regiones desconectadas, logística ineficiente, costos que asfixian.
Lo más grave no es la decisión empresarial. Es el vacío político. Porque el Estado no está marcando el rumbo; está reaccionando.
Y cuando el poder público reacciona en lugar de anticipar, pierde.
Pierde control, pierde soberanía, pierde futuro.
Desde una mirada más joven —menos paciente, más directa— esto ya no es debatible: el problema no es la falta de recursos, es la falta de visión.
Nos gobiernan con mapas viejos en un mundo que ya navega con algoritmos.
La súper inteligencia artificial no es una promesa lejana, es una herramienta presente. Y mientras otros países la integran para rediseñar su movilidad, aquí sigue siendo discurso.
Eso no es atraso tecnológico: es negligencia política.
Porque sí, hay que decirlo sin rodeos: el poder está retrasado. Retrasado en cómo entiende la movilidad, en cómo invierte, en cómo prioriza.
Y ese retraso no es neutral, tiene consecuencias.
Se traduce en tiempo perdido, en oportunidades que no llegan, en un país que se mueve menos de lo que podría.
La pregunta ya no es si vamos a cambiar. La pregunta es quién se va a quedar atrás cuando ese cambio ocurra.
Y por ahora, todo apunta a que no seremos nosotros.




