Sin Medias Tintas. Por Omar Alí López Herrera
Hay una crueldad particular en el fracaso de quien se sabe redentor. No es la derrota del que intentó y erró; es la del que prometió transformar y solo transformó el dinero público en escombros y vagones vacíos. La transformación construyó mucho; pero muy poco funciona.
Tome el Tren Maya. La obra más cara, fotografiada y defendida del régimen lopezobradorista cerró 2025 perdiendo millones de pesos cada día. Desde su primer año de operación los ingresos han sido insuficientes frente a los costos operativos. En ese primer año, el proyecto requirió 108 pesos del erario por cada peso de ingresos propios. No es una metáfora: es la proporción real entre lo que la obra genera y lo que todos ponemos para sostenerla.
El propio director del proyecto reconoció en 2025 que la operación de pasajeros difícilmente será rentable por sí misma. Lo dijo como si fuera una ley natural, una realidad inevitable que simplemente debía administrarse. Después de gastar cientos de miles de millones de pesos, descubrieron que los trenes de pasajeros rara vez son negocio sin subsidios permanentes.
Luego está Dos Bocas. El símbolo de la autosuficiencia energética terminó costando mucho más de lo anunciado y todavía enfrenta dificultades. El proyecto fue inaugurado mientras los reportes técnicos hablaban de pruebas, ajustes y retrasos. Los incidentes operativos han sido parte del aprendizaje forzado de una planta que debió haber sido entregada lista desde el primer día.
Mexicana de Aviación es, quizá, la tragicomedia más evidente del sexenio. Una aerolínea que intenta competir operando desde un aeropuerto con baja demanda y que en su primer año trasladó muchos menos pasajeros de los prometidos. Sus ingresos estuvieron lejos de cubrir los gastos y está obligando a subsidios constantes. Varias rutas fueron canceladas, y la inversión pública acumulada crece mientras la participación en el mercado sigue siendo marginal.
Y así, uno por uno.
El AIFA, construido para aliviar la saturación del aeropuerto de la CdMx, continúa operando por debajo de su capacidad. El Corredor Interoceánico depende todavía de subsidios mientras busca consolidarse como ruta logística, y el Gas Bienestar sigue limitado geográficamente sin convertirse en el competidor nacional que se prometió.
No es mala suerte. No es la pandemia, ni los conflictos internacionales, ni la herencia del pasado. Es un patrón.
Proyectos concebidos como gestos políticos, construidos con estudios incompletos o discutidos tarde, adjudicados con opacidad, inaugurados antes de estar listos y sostenidos después con el dinero de todos.
Y la gramática que se utilizó para defender todo esto sigue igual. Nunca fue “el proyecto tiene problemas”, fue “los adversarios quieren que fracase”. Nunca fue “el costo superó lo previsto”, fue “ya opera, ya produce, ya es motivo de orgullo nacional”. La realidad se convirtió en un obstáculo retórico y no en un dato que debía corregirse. El discurso sustituyó al resultado, y la propaganda reemplazó a la evaluación técnica.
En política, el lenguaje no es un adorno sino una estrategia. Los gobiernos que se convencen de su propia narrativa terminan gobernando contra la evidencia. No corrigen errores porque, en su relato, los errores no existen.
El oficialismo heredó las obras y también la narrativa. Sostiene los subsidios, defiende los proyectos y evita pronunciar la palabra fracaso, como si nombrarla fuera peor que financiarla. Tal vez confía en que el tiempo termine justificando las decisiones que hoy siguen generando dudas. Tal vez espera que el uso cotidiano de las obras convierta los cuestionamientos en rutina y la crítica en costumbre.
Admitir errores fortalece a un gobierno. Pero negar la realidad tiene un precio que siempre termina pagándose. Y cuando llegue el momento de hacer el balance final, lo que quedará no serán los discursos ni las inauguraciones, sino los resultados medibles.
Lo que quedará son los monumentos al exceso: recordatorios permanentes de que no basta construir mucho, sino hay que hacerlo bien.




