POR ING. HÉCTOR CASTRO GALLEGOS
Hay algo profundamente desconectado en el sistema de justicia mexicano: mientras el mundo se mueve en tiempo real, muchas fiscalías siguen operando como si el reloj no existiera. No es solo lentitud; es una forma de atraso estructural que ya no se puede maquillar con discursos técnicos.
Hoy, una carpeta de investigación puede dormir años, mientras allá afuera los datos fluyen por segundo. Y sí, la brecha es generacional.
La nueva generación —la que creció entre algoritmos, automatización y análisis de datos— entiende algo que parece ajeno dentro de muchas fiscalías: la información no es un archivo, es un sistema vivo.
Quienes hoy dominan herramientas de inteligencia artificial saben que cada proceso puede medirse, optimizarse y auditarse en tiempo real.
Por eso resulta tan evidente el rezago. No se trata de romantizar la tecnología, sino de señalar lo obvio: hay instituciones que siguen tomando decisiones críticas sin sistemas modernos de control, sin trazabilidad clara y sin análisis predictivo.
En un entorno donde la inteligencia artificial puede detectar patrones, priorizar casos y reducir tiempos, seguir operando con criterios opacos ya no es solo ineficiencia, es irresponsabilidad institucional.
El problema no es la autonomía de las fiscalías, es su desconexión con el presente. Se diseñaron para evitar presiones políticas, pero no para rendir cuentas en una era de datos.
Y ahí es donde se abre un vacío peligroso: decisiones discrecionales sin supervisión técnica robusta.
Hoy, muchos jóvenes entienden mejor cómo funciona un sistema de control que quienes deberían implementarlo. Saben de dashboards, de métricas en tiempo real, de automatización de procesos. Saben que si algo no se mide, no se puede mejorar. Y también saben que si no hay datos abiertos, lo que hay es opacidad.
Mientras tanto, el sistema sigue pidiendo paciencia. Pero la paciencia ya no es una virtud cuando hay tecnología suficiente para hacer las cosas mejor. La discusión no debería ser si las fiscalías deben usar inteligencia artificial, sino por qué no lo están haciendo con urgencia.
No para reemplazar decisiones humanas, sino para hacerlas más transparentes, más rápidas y más verificables.
Porque al final, esto no es un debate técnico, es un tema de justicia.
Y en un país donde el tiempo define si un caso vive o muere, seguir operando con herramientas del pasado no es neutral: es elegir, todos los días, que la verdad llegue tarde… o no llegue.

