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Home MI GUSTO ES
Laura y la canasta básica

La cantina republicana

Miguel Ángel Avilés by Miguel Ángel Avilés
9 mayo, 2026
in MI GUSTO ES
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En un país a sus anchas, de cuyo nombre no quiero acordarme porque luego salen patriotas digitales a acusar a uno de antipatriota, vivía desde hace años una peculiar clase política cuya principal vocación no era gobernar, sino pelear.

No construir, sino responder.

No pensar el país, sino reaccionar con furia de comentarista de Facebook al primer movimiento del adversario.

Al rendir protesta no asumían la responsabilidad de conducir un Estado, sino la de encabezar una riña interminable, mitad lucha libre y mitad pleito de cantina, donde lo importante no era avanzar, sino impedir que el otro avanzara aunque hubiera que incendiar el local con todos adentro.

La obra pública —esa vulgaridad menor— ocurría en segundo plano, si es que ocurría. Porque lo verdaderamente urgente era descalificar lo hecho antes, aunque funcionara, aunque sirviera o aunque hubiera costado menos de lo que ahora se gastaba en propaganda institucional, encuestas amañadas y espectaculares donde aparecían sonriendo como si hubieran descubierto la penicilina y no acaso habían inaugurado solo  una banqueta.

Aquí no importaba si una política pública era útil; importaba si era heredada.

Y si además funcionaba, entonces era todavía más sospechosa.

Porque reconocer un acierto ajeno, en nuestra cultura política, equivalía más o menos a besarle la mano al enemigo en el quiosco de la plaza mientras suenan violines soviéticos.

Del otro lado del espejo la función no mejoraba.

Quien ayer había gobernado y firmaba contratos con disciplina franciscana, hoy descubría, súbitamente, una pasión crítica digna de auditor noruego. 

Se convertía, casi por milagro mariano, en guardián de la pureza administrativa, fiscal anticorrupción y defensor del pueblo, aunque meses antes hubiera aprobado licitaciones con la velocidad y el entusiasmo de quien firma la cuenta en un table dance.

La memoria, por supuesto, se volvía selectiva. El pasado propio se pulía hasta parecer escultura griega; el presente ajeno, en cambio, se examinaba con una lupa tan minuciosa como la de un agente migratorio gringo revisando si tienes intención de quedarte a lavar platos en Arizona.

Así, entre unos y otros, la política nacional terminó convertida en una gigantesca cantina republicana.

Un día podían paralizar el Congreso porque un diputado llamó “corruptito” a otro en una transmisión en vivo. Otro día se armaba crisis institucional porque un gobernador no saludó de beso a una secretaria durante un acto protocolario y eso fue interpretado por analistas profesionales de TikTok como “violencia simbólica de baja intensidad”.

Hubo semanas enteras discutiendo si cierto funcionario debía pedir disculpas públicas por haberse comido unos tacos en horario laboral mientras el sistema de salud parecía set postapocalíptico filmado con bajo presupuesto.

Se organizaban mesas de análisis, debates especiales y editoriales incendiarios para decidir si era ilegal, inmoral o neoliberal que un senador viajara en business class mientras media República seguía sin agua potable ni medicinas.

Y el país observaba todo aquello como quien presencia una pelea de borrachos afuera de un Oxxo: con vergüenza, curiosidad y la sospecha de que alguien terminara vomitando sobre la banqueta.

—¡Me escupiste, desgraciado!

—Mientes, neoborracho de ocasión. Tú me metiste el pie cuando iba al baño.

—Seré neoborracho, pero jamás narquito, perro.

—¡Pruebas! ¡Pruebas!

—¡Tus bots me insultaron primero!

—¡Tu gente me inventó un meme editado!

—¡Tu partido usa acarreados!

—¡Y el tuyo renta intelectuales!.

Mientras tanto, el país —ese detalle administrativo— seguía esperando.

No había discusión seria sobre productividad, educación o futuro. Lo importante era ganar el pleito del día. Producir el escándalo más rentable antes del noticiero de las diez de la noche.

Conseguir la frase viral, el clip indignado, el hashtag patriótico o la fotografía teatral donde aparecieran señalando al enemigo con gesto de Juárez reencarnado, aunque parecieran más administradores rijosos de grupo vecinal.

El problema de fondo no era ideológico. Era de estatura.

No había disposición para reconocer al otro como interlocutor; apenas como objetivo militar.

El adversario no era alguien con quien se discrepara, sino alguien a quien debía humillarse, desaforarse, ridiculizarse o convertir en trending topic antes del mediodía.

Y así cualquier posibilidad de continuidad institucional terminaba hecha pedazos, como calle recién pavimentada que tres días después vuelven a romper porque “faltó meter un tubo”, “se olvidó una válvula” o “vino otra dependencia a hacer su desmadre”.

Se hablaba, eso sí, con frecuencia grandilocuente, de un país destinado a convertirse en potencia mundial.

Y uno escuchaba esos discursos con la misma fe con la que escucha a un señor borracho jurando a las tres de la mañana que ahora sí pondrá un negocio de mariscos, aprenderá inglés y dejará el alcohol “desde el lunes, compadre”.

Porque las potencias no se construyen con conferencias eternas, berrinches parlamentarios ni discursos donde el Producto Interno Bruto parece decidirse entre aplausos, bostezos y café recalentado servido en vasos de unicel.

Las potencias requieren políticos capaces de pensar más allá del siguiente escándalo, de la próxima tendencia o del clip de treinta segundos que circulará esa noche entre fanáticos, bots y tías que escriben “excelente líder” acompañado de siete emojis de aplausos y una bandera nacional con un águila subida en un choyal, devorándose un detente.

Requieren altura.

Pero en nuestra política la altura suele confundirse con subirse a una tarima, hablar golpeado y señalar al enemigo como pastor evangélico expulsando demonios en televisión abierta.

Mientras tanto, seguimos atrapados en esta representación perpetua donde todos actúan, todos acusan, todos responden y todos juran salvar al país mientras lo usan de ring.

Y nadie, absolutamente nadie, gobierna en serio.

Ni siquiera los que se sienten héroes vitalicios porque inauguraron un puente que todavía no conecta con nada y al cual volverán al año siguiente para inaugurarlo otra vez.

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