POR ING HÉCTOR CASTRO GALLEGOS
Mientras los políticos hablan de transformación, soberanía tecnológica y desarrollo económico, miles de jóvenes mexicanos celebran algo mucho más simple: el “mes del mollete” de Sanborns.
Y aunque parezca un detalle insignificante, en realidad revela una verdad incómoda sobre el país que estamos construyendo.
La nueva generación creció escuchando discursos sobre progreso, universidades, digitalización e inteligencia artificial.
Nos prometieron que estudiar abriría puertas, que dominar la tecnología sería suficiente para conquistar el futuro y que México entraría finalmente a la modernidad. Sin embargo, muchos jóvenes hoy saben usar algoritmos, crear imágenes con inteligencia artificial, programar automatizaciones y analizar tendencias digitales, pero aun así viven atrapados entre salarios bajos, rentas imposibles y empleos sin estabilidad.
Por eso una promoción de molletes se vuelve tendencia emocional. Porque en un país donde todo aumenta menos el poder adquisitivo, un desayuno accesible se transforma casi en símbolo de alivio nacional.
Lo grave no es la promoción; lo grave es que una oferta gastronómica produzca más entusiasmo colectivo que la mayoría de las propuestas políticas dirigidas hacia la juventud. La política mexicana sigue creyendo que los jóvenes se conquistan con propaganda vieja: slogans vacíos, influencers pagados y discursos reciclados sobre esperanza.
Pero esta generación ya piensa diferente. Somos jóvenes que crecimos entre crisis, pandemias, violencia digital y saturación informativa.
Aprendimos a detectar manipulación con la misma velocidad con la que un algoritmo detecta patrones de consumo. La inteligencia artificial también cambió nuestra manera de observar el poder. Hoy un joven puede comparar discursos presidenciales, analizar estadísticas económicas y verificar datos en segundos. La tecnología nos volvió menos ingenuos y más críticos. Sabemos cuándo una campaña es auténtica y cuándo solamente intenta vender emociones prefabricadas. Mientras tanto, las empresas entendieron algo que muchos partidos todavía no comprenden: la juventud no busca solamente productos, sino refugios emocionales. Lugares donde todavía pueda sentirse parte de algo sin gastar una fortuna. Ahí entra Sanborns con su estrategia aparentemente simple, pero profundamente simbólica. El problema de fondo es que México comienza a acostumbrarse peligrosamente a sobrevivir con pequeñas recompensas temporales.
Nos emocionamos por descuentos porque el horizonte económico real luce cada vez más incierto.
Y mientras celebramos el mollete barato, el país sigue debatiéndose entre discursos de grandeza y una realidad donde millones de jóvenes hiperconectados apenas intentan conservar un poco de dignidad cotidiana. T
Tal vez la crisis política moderna pueda resumirse así: una generación capaz de entender inteligencia artificial




