POR ING. HÉCTOR CASTRO GALLEGOS
En México vivimos una crisis que muchos medios tradicionales se niegan a reconocer: la pérdida de credibilidad del periodismo. Y no, no es únicamente culpa de las redes sociales o de TikTok.
La razón es más incómoda: parte del periodismo cambió la verdad por el espectáculo político.
Durante años se nos dijo que el periodista debía ser un contrapeso del poder. Y lo es. Pero una cosa es cuestionar y otra muy distinta convertir la información en propaganda disfrazada de análisis.
Hoy muchos espacios informativos parecen trincheras ideológicas donde ya no importa investigar ni contextualizar, sino provocar enojo porque el algoritmo premia el escándalo más que la verdad. Mi generación creció rodeada de tecnología, inteligencia artificial y acceso inmediato a miles de fuentes globales.
Los jóvenes ya no dependemos de un conductor de televisión para formar opinión.
Podemos comparar versiones, verificar datos, analizar discursos y detectar narrativas manipuladas en cuestión de minutos. El monopolio de “la verdad oficial” terminó.
Eso es lo que cierta comentocracia todavía no comprende.
Siguen actuando como si vivieran en el México de los noventa, donde bastaba un encabezado alarmista para moldear la percepción pública.
Pero hoy cualquier joven puede consultar cifras, revisar información internacional y usar herramientas digitales para contrastar datos en segundos.
El problema no es que existan periodistas críticos; México los necesita. Lo preocupante es que algunos comunicadores dejaron de informar para convertirse en actores políticos permanentes. Ya no investigan: militan.
Ya no analizan: reaccionan desde el enojo y la polarización.
El periodismo debe volver a lo esencial: verificar, contrastar y decir la verdad aunque incomode. Porque cuando los medios abandonan la ética, no solo destruyen su credibilidad; también debilitan la confianza pública y dañan la democracia.
La nueva generación no quiere propagandistas disfrazados de periodistas.
Quiere información seria, transparente y sustentada.
En la era de la inteligencia artificial, la mentira dura menos que una tendencia viral.




