POR ING.HÉCTOR CASTRO GALLEGOS
Mientras muchos políticos mexicanos siguen hablando del nearshoring como si fuera una lotería infinita caída del cielo, el mundo ya cambió de sistema operativo.
La reunión entre Donald Trump y Xi Jinping no fue una ceremonia diplomática; fue una negociación entre dos imperios que ya entendieron que el comercio dejó de ser libre y ahora es una extensión de la guerra estratégica.
La generación joven lo entiende mejor que buena parte de la clase política.
Porque crecimos viendo cómo la inteligencia artificial, los algoritmos y los microchips sustituyeron al petróleo como centro del poder mundial.
Hoy, quien controla los datos, los minerales críticos y la tecnología controla el planeta.
Así de simple. Estados Unidos ya no quiere únicamente fabricar más; quiere controlar quién fabrica.
Y ahí México comienza a convertirse en territorio bajo sospecha.
La futura revisión del T-MEC no tratará solamente de reglas de origen, sino del ADN del capital. Washington quiere impedir que empresas vinculadas a China entren por la puerta trasera mexicana.
El mensaje es brutal: “o juegas para Occidente o quedas fuera del sistema”.
El problema es que México sigue reaccionando con mentalidad del siglo XX mientras el mundo se reorganiza con inteligencia artificial, automatización industrial y guerras comerciales híbridas. Seguimos celebrando inversiones como si cualquier fábrica significara desarrollo, aunque muchas veces solo ensamblamos tecnología diseñada en otros países.
La verdadera amenaza no es China ni Estados Unidos.
La verdadera amenaza es convertirnos en una economía dependiente, barata y reemplazable.
Porque el nearshoring no es amor. Es conveniencia geopolítica. Y en el momento en que Norteamérica encuentre un socio más eficiente, más tecnológico y menos caótico, la fiesta terminará.




