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Home MI GUSTO ES
YUCATÁN de península a península

El Carnaval de los Vulgares

Miguel Ángel Avilés by Miguel Ángel Avilés
30 mayo, 2026
in MI GUSTO ES
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( ..o Estadistas de Vecindad )

Aclaro desde ahora, antes de que algún patriota de utilería empiece a hiperventilar: esta columna no habla de nuestro país. 

Dios nos libre. 

Seria una ingratitud de mi parte . Jamas  de los jamases profanaría con mi planta su suelo, al contrario , siempre y para siempre habré de ser un soldado de esos que en cada hijo le dio.

Se refiere a una nación imaginaria, lejana, casi de ciencia ficción, donde los políticos aparecen en videos recibiendo sobres con dinero, se golpean en sesiones públicas, colocan a medio árbol genealógico en la nómina y descubren el “exilio político” justo cuando la justicia empieza a hacer preguntas incómodas.

Un lugar remoto y extravagante donde la vulgaridad se convirtió en método de gobierno y la mediocridad requisito curricular.

Afortunadamente, nada de eso ocurre aquí, en los Estados Unidos Mexicanos.

Aquí la clase política es sobria, ilustrada, austera, honorable y profundamente comprometida con el bien común. Tan comprometida, de hecho, que a veces cuesta distinguir si están administrando un país o produciendo un reality show patrocinado por la fiscalía.

En fin. 

Hablemos de aquella nación distante y exótica antes de que semejantes prácticas lleguen algún día a contaminarnos.

Hubo un tiempo —o al menos eso dicen los libros que hoy sirven más para nivelar muebles o calzar la pata de una cama que para ser leídos— en que los gobernantes aspiraban a entrar a la historia.

Hoy muchos apenas aspiran a salir del trending topic sin orden de aprehensión, sin videoescándalo y sin que algún sobrino filtre audios comprometedores por una disputa familiar.

Antes un político pretendía ser recordado por una reforma, por una visión de Estado, por una guerra evitada, por una nación levantada de las ruinas o por un discurso capaz de atravesar generaciones. 

Había defectos, claro. 

La historia está llena de tiranos disfrazados de próceres y de hipócritas con busto de bronce. Pero incluso los peores entendían que gobernar exigía algo más que vulgaridad, maquillaje institucional y fotografía oficial tomada desde el mejor ángulo para ocultar el desastre y las grietas que dejó la juventud en los cachetes.

Abraham Lincoln pasó a la historia por abolir la esclavitud y mantener unida a una nación partida por la guerra. Churchill resistió cuando Europa parecía arrodillarse ante el fascismo. Mandela salió de prisión sin convertir el rencor en guerra civil. Benito Juárez, con todo lo controversial que lo han dejado ya los historiadores serios, defendió la República- como defendió los 14 años en la silla presidencial- mientras el país se incendiaba.

Como José Alfredo interpretando “Gracias” (De veras, muchas gracias por haberme aguantado tanto tiempo …desde 1947 hasta 1972 …y yo siento que todavía me quieren )así el de Guelatao lo fue desde el 21 de enero de 1858 hasta el día de su muerte, el 18 de julio de 1872 y todavía sentia que lo queríamos mucho.

Porque con sus pro y contras, eran estadistas: hombres con visión, oficio, formación y una noción —aunque fuera imperfecta— de trascender. Hoy, en cambio, pareciera que para ocupar un cargo público basta con sobrevivir a tres requisitos: no estar prófugo, no golpear a nadie durante una sesión de Cabildo y no aparecer en TV Notas usando recursos públicos mientras se brinda con champaña “austera”.

Porque hoy, cuando un político aparece en televisión, rara vez es para anunciar que impartirá una conferencia magistral en Harvard sobre teoría del Estado, geopolítica contemporánea, el ronroneo de los gatos en la primera mitad del siglo XX en la ciudad de México y el impacto emocional en sus dueños   o estrategias para aumentar la productividad nacional.

Tampoco porque esté disertando sobre Keynes, Hayek, la crisis energética global o los mecanismos que permitieron a ciertos países pasar del subdesarrollo al crecimiento sostenido.Mucho menos porque algún comité internacional decidió otorgarle el Nobel de Economía por sacar a millones de personas de la pobreza extrema.

No.

Generalmente aparece porque alguien lo grabó recibiendo sobres repletos de efectivo con el entusiasmo de quien participa en una tanda clandestina. O porque terminó liándose a golpes con un vecino, un regidor, un reportero o hasta con el árbitro de un torneo infantil poque el equipo de su hijo perdió en serie de panaltys. O porque decidió confrontarse con la señora que vende quesadillas en la esquina creyendo que humillar a una comerciante ambulante constituye una demostración de autoridad republicana.

Ya no se habla del político por sus libros escritos, sino por las carpetas de investigación abiertas.No por la profundidad de su pensamiento, sino por la profundidad de sus vínculos familiares dentro de la nómina( lícita o ilícita). No por un discurso memorable, sino porque terminó a golpes en el pleno, porque lo investiga la fiscalía, porque lo busca la Interpol o porque convirtió su gabinete en un árbol genealógico con presupuesto.

Y cuando alguno trasciende fronteras, tampoco suele ser porque expuso en Davos la fórmula para reducir desigualdad, atraer inversión o fortalecer instituciones democráticas.

No.

Se vuelve internacional porque abandonó el país en calidad de “desaparecido administrativo” mientras la Interpol lo boletina con más colores en sus fichas  que el grupo Parchís en plena gira de reencuentro.

Y entre tantas fichas, alertas y fotografías judiciales, uno ya no sabe si las autoridades persiguen delincuentes o están armando un álbum Panini edición especial: “Funcionarios prófugos del continente”; “ Los extraditados del Norte “ “ Los Evadidos del Pacífico”.

Hay políticos cuya biografía ya no se divide en trayectoria pública y legado institucional, sino en primera, segunda o enásima temporadas: el videoescándalo, la denuncia patrimonial, el amparo, la fuga, la licencia al cargo  y finalmente la entrevista exclusiva desde algún “exilio político” con playa privada y clima caribeño.

Hay alcaldes que parecen reclutados en una tómbola organizada entre cantinas, anexos y corrededores de penal. Gobernadores cuyo principal legado es una colección de espectaculares con el rostro retocado digitalmente mientras el estado se cae a pedazos. 

Legisladores que confunden el fuero con inmunidad moral y la ignorancia con autenticidad popular. El funcionario con suspension de amparo wn mano que no acude al país vecino no por resistencia férrea contra el imperialismo yanqui sino porque ya no tiene visa, y otros mas que permanecen allá no por haber sido incluidos  en un panel de catedráticos o esten esperando un honoris causa sino porque ya pactaron con los acusadores y de tanto que hablado para delatar a medio gabinete , ya se les broceo la lengua.

Y lo más alarmante no es que existan.

Lo verdaderamente trágico es que ya casi dejaron de sorprendernos.

Hemos normalizado que un funcionario sea noticia porque acosó, robó, golpeó, desvió, mintió, desapareció recursos o apareció bailando en una fiesta pagada con dinero público mientras afuera la gente hace fila en hospitales sin medicinas.

La indignación nacional dura menos que una historia de Instagram y la memoria colectiva ya funciona con la misma caducidad emocional que un video de TikTok.

Antes se decía que la política era el arte de gobernar.

Hoy parece más bien casting permanente para elegir al menos impresentable.

Y claro: todavía existen mujeres y hombres valiosos en el servicio público. Los hay preparados, honestos, serios, con sentido institucional. El problema es que cada vez parecen minoría en medio de este carnaval de oportunistas donde el mérito estorba y la estridencia cotiza.

Porque la política contemporánea —digámoslo sin maquillaje— atraviesa una degradación estética, ética e intelectual.

Se premia más la obediencia ciega que la capacidad. No se contrata a alguien porque sirva sino por servil .

Se festina más el grito que el argumento. Más la ocurrencia que el conocimiento. Más el fanatismo que la inteligencia.

Y así terminamos gobernados no por estadistas sino por personajes que harían ver sobrio un programa de televisión de media noche patrocinado por bebidas energéticas y abogados de guardia.

La tragedia no es únicamente quién llega al poder.

La tragedia es que lentamente olvidamos cómo luce un verdadero hombre de Estado. Y cuando una sociedad deja de exigir grandeza, termina administrada por la mediocridad más ruidosa, más escandalosa… y casi siempre la peor peinada.

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