POR ING. HÉCTOR CASTRO GALLEGOS
Mañana el mundo volverá a detenerse frente a una cancha de fútbol.
Millones de personas estarán pendientes del espectáculo deportivo más importante del planeta, mientras los reflectores internacionales apuntan nuevamente hacia México.
Sin embargo, detrás de la fiesta, las banderas y los estadios, existe una pregunta que no debe ignorarse: ¿hemos aprendido las lecciones de nuestra historia?
Para las generaciones de antes, la respuesta estaba en los libros, en los testimonios y en la memoria de quienes vivieron aquellos años turbulentos.
Para los jóvenes de hoy, la respuesta está al alcance de un teléfono móvil.
La era de la súper inteligencia artificial ha cambiado las reglas del juego.
La información ya no puede esconderse con facilidad ni permanecer secuestrada por versiones oficiales.
Los hechos se contrastan, se verifican y se analizan en segundos. Por eso la nueva generación conoce lo ocurrido en 1968. Sabe que mientras México organizaba unos Juegos Olímpicos para proyectar modernidad al mundo, el país vivía una profunda crisis política que terminó en una tragedia que aún duele en la conciencia nacional.
Los jóvenes de hoy conocen esa historia y no quieren verla repetirse bajo ninguna circunstancia. La sociedad mexicana exige orden, pero también respeto a las libertades. Exige seguridad, pero también transparencia.
Exige que la ley se aplique sin privilegios para nadie, pero rechaza cualquier tentación autoritaria.
Esa es la diferencia fundamental entre el México de ayer y el de hoy. La tecnología ha convertido a cada ciudadano en observador y testigo.
Cada abuso puede documentarse. Cada mentira puede confrontarse. Cada decisión pública puede ser analizada en tiempo real.
Mientras inicia el Mundial, el verdadero partido que México debe ganar no se juega en la cancha. Se juega en la capacidad de demostrar al mundo que la democracia, la libertad y el Estado de derecho son más fuertes que la violencia, la impunidad y los errores del pasado.
Porque la nueva generación ya no olvida, ya no calla y, sobre todo, ya no está dispuesta a repetir la historia.




