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Home MI GUSTO ES
En plaza Hidalgo, de lo normal a lo normativo

Offiside… (o el pecado de divertirse)

Miguel Ángel Avilés by Miguel Ángel Avilés
13 junio, 2026
in MI GUSTO ES
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Hay quienes, cada cuatro años, reciben el Mundial con la misma alegría con la que otros reciben una auditoría fiscal o una visita inoportuna a la hora de la siesta.

Apenas rueda el balón y aparecen las letanías de siempre: que es un negocio multimillonario, que es un distractor de masas, que beneficia a las televisoras, que adormece conciencias, que desvía la atención de los problemas reales, que fortalece nacionalismos de utilería y que alimenta una industria que mueve cantidades obscenas de dinero.

Y tienen razón. Al menos en parte. El futbol profesional es una industria gigantesca. Las cadenas de televisión harán su agosto —o más bien su junio y julio—, los patrocinadores inundarán cada rincón disponible y los organismos deportivos continuarán cobrando derechos de transmisión que para muchos negocios representan un desembolso considerable. Lo sabe el restaurantero que apenas quiere encender una pantalla para sus clientes y descubre que hasta para compartir un partido hay que pasar por caja.

En México, los derechos de transmisión los posee, sobre todo , la blandita, la desinteresada y generosa Televisa; mientras que la FIFA es dueña del nombre del evento, los logotipos y los slogans. El IMPI, por su parte, aclaró que no realizará clausuras ni inspecciones aleatorias en negocios durante la Copa Mundialista, a menos que lo soliciten los dueños de los derechos de transmisión o de las marcas del evento. Algunos se la jugarán, rogando a dios o a Pelé o a Maradona que no llegue un inspector ni de los piratas y otros no querrán ni levantar ni la copa donde se sirve el vino por miedo a una sanción.

Los contratos comerciales para bares medianos suelen negociarse en rangos de varios miles a decenas de miles de pesos durante el torneo, dependiendo del aforo y del proveedor y quien quiera pronunciar algo relacionado con el mundial y sus palabras más comunes, por razones autorales tendrán que hacerla como el super porte- “¡cooorte, mi chavo!” y bordear su definición de otra manera.

Nada de eso me resulta ajeno. Tal vez porque la erudición también se contagia, pero eso que los doctos cuatrienicos dicen, yo también lo sé, aun con lo atrofiado que ha quedado mi intelecto luego de ver tantos mundiales. Pero no voy a fingir indignación ahora para demostrar pureza ideológica.

Soy aficionado al futbol desde niño. Lo jugué durante años, aunque con resultados más bien discretos con lo cual quiero decir que era malo o malísimo.Pero con todo eso , he celebrado victorias, padecido derrotas y sigo encontrando placer en un buen partido. Saber que existe un enorme negocio detrás no me impide disfrutar de noventa minutos bien jugados, de la misma forma que conocer las lógicas comerciales de la industria editorial no me obliga a dejar de leer novelas y menos ahora con la generosidad del FCE del bienestar.

Lo que me intriga es esa necesidad contemporánea de ideologizar absolutamente todo. Como si para disfrutar un partido hubiera que exclamar perdón anticipadamente. Como si ver un Mundial implicara renunciar a la ciudadanía, abandonar el pensamiento crítico o convertirse en accionista honorario de alguna corporación deportiva o recibir en comodato un palco en el ex Azteca.

Chale. Esto no funciona así.

Uno puede preocuparse o interesarse por los problemas públicos, defender derechos propios y ajenos, participar en causas cívicas, reprobar el trato persecutor que la secretaria de gobernación le da alas madres buscadoras a quien doña Rosa Isela puede culpar si eliminan a México y, al mismo tiempo, sentarse una tarde con una cerveza fría, y unos chicharrones con salsa búfalo para ver un encuentro entre selecciones que probablemente jamás volverá a repetirse. ¿ Y qué?.

Las cosas no son excluyentes. No mamen. Pero cada que ocurre algo así, brotan de no sé dónde e insisten con los mismos clichés o con la misma cantaleta. Son como una especie de solemnizadores profesionales de guardia. Personajes que ante cualquier manifestación de entusiasmo colectivo sienten la obligación de redactar un dictamen que, de considerarse a lo sumo como una simple opinión individual, lo publican en las redes como una orden castrense y arréstese al cabrón o a la cabrona que la desobedezca.

Pobres, como han de sufrir. Offside. Porque están en claro fuera de lugar pero son incapaces de concederse dos horas de frivolidad sin levantar un acta circunstanciada sobre las contradicciones del capitalismo tardío.

Uno imagina que, si el divertimento tocara a su puerta un domingo por la mañana, lo recibiría con la misma disposición inquisitorial con la que un Testigo de Jehová examina a un hereje al que sorprenden quemando la primera edición de la Biblia.

Entiendo a esos que de plano no les gusta el futbol y/o ni ningún deporte. Se retraen y cierran el pico, respetando a todo gusto disidente. Eso es respetable. Muy respetable. Yo haría lo mismo frente a sus gustos.Es más, citando al etnólogo, urólogo empírico y promotor de lucha libre Nicolás Avilés y Castro, hay quienes ni con la caca jugaron cuando eran niños y eso es perfectamente válido. Lo que no comparto es la reacción de algunos que saltan de la noche a la mañana, y se vuelvan peritos en cultura física, especialistas en antropología de masas y doctores honoris causa en alienación colectiva para explicarles a los demás por qué están divirtiéndose de manera incorrecta.

Son parecidos a esos muy proclives al lucimiento en las fiestas universitarias o partidistas que a toda costa quieren poner a toda la raza de la trova Latinoamérica o una MP3 de jazz experimental durante las horas que dura la carne asada y el convivio para fantochar con su aparente vanguardismo, pero llegan a su casa, buscan las dos cervezas que les quedan y, convirtiendo la sala en un tributo al onanismo, ponen a José Alfredo Jiménez o a Los Gorriones del Topochico a Chalino Sánchez a todo volumen, segundos antes de quedarse dormidos y soñar con ellos

Sí, entiendo que los sacerdotes de la corrección intelectual tienen sus recaídas humanas. Lo curioso es que algunos parecen más incómodos ante una multitud celebrando un gol que ante una multitud protestando. La manifestación les parece profunda; la alegría, sospechosa o al revés. Son la contradicción andando.

No los entiendo: es como si un día la CNTE te fuera muy útil durante años que hasta marchabas a su lado y en un dos por tres ya lo acusas de que está manipulada y que defiende a los intereses creados. Disculpen, pero a veces pareciera que ciertos críticos del balompié se convierten, durante unas semanas, en opositores profesionales del capitalismo futbolero.

Despotrican en redes sociales contra el espectáculo mientras una parte de ellos quisiera estar en la casa del vecino, donde ya está reunida la raza que hizo la cooperación desde hace un mes, acomodó las hieleras, compró las botanas de paquetaxo mezcladito y se dispuso a pasar un buen rato bien a toda 10 de mayo. No, señores, son parias ni cómplices de nada particularmente siniestro. Son, apenas y simplemente, personas buscando un momento de esparcimiento.

Y eso también tiene valor. Mucho valor.Porque, además, si bien el futbol no desaparece los problemas del país, tampoco los inventa. Y lo cierto es que México vive rodeado de suficientes infortunios: confrontaciones permanentes, polarización política, enfrentamientos, feminicidios, periodistas asesinados y no pocos personajes públicos con más carpetas de investigación en su contra que obras realizadas durante sus respectivos encargos. En semejante contexto,si por unas horas millones de personas encuentran un motivo común para sonreír, discutir alineaciones o abrazarse después de un gol, tampoco parece una tragedia nacional.

No mamen.

Que exista un momento de unión colectiva, aunque sea alrededor de un gabinete de once jugadores dirigidos por el Vasco Aguirre portando simbólicamente la banda presidencial, francamente me parece una buena noticia.

No mamen.

También están los otros. Aquellos que aseguran no ver absolutamente nada relacionado con ese enajenante espectáculo llamado Mundial. Muy respetable, lo repito. Pero curiosamente, al llegar las cámaras o aparece la oportunidad de figurar, terminan confundiendo un jonrón con un penalti. Eso sí: poseídos por una suerte de oportunismo compulsivo, organizan cascaritas improvisadas, aunque rueden por el suelo en el intento, o cambian las despensas por costales de balones para repartirlos con entusiasmo repentino y oportunamente fotografiable.

Son casi unos villamelones. Esos que durante tres años y once meses no distinguen un fuera de lugar de una receta de flan napolitano, pero que apenas inicia el Mundial recuperan una supuesta tradición futbolera familiar que, según ellos, se remonta hasta los olmecas.

Y tampoco faltan quienes viven el torneo como la Gata Angora. Si gana México pegan de gritos; si pierde, lloran. Ningún Piqué les embona, diría el clásico. Son capaces de pasar en cuestión de minutos del patriotismo más encendido al funeral deportivo más desgarrador. Pero, al menos, viven el asunto con honestidad emocional, que en estos tiempos ya es bastante.

Porque la vida pública no puede sostenerse únicamente sobre la indignación permanente. Ninguna sociedad puede vivir en estado de asamblea eterna. También existen los espacios de ocio, de convivencia y de disfrute. Esos momentos mundanos que no resuelven los grandes problemas nacionales, pero tampoco los agravan.

La gente no sólo piensa, protesta, trabaja o milita. También juega. También celebra. También pierde el tiempo. Y una sociedad incapaz de permitirse esos pequeños espacios de inutilidad feliz termina pareciéndose más a una oficina que a una comunidad.

Por eso no negaré las contradicciones del Mundial. Están ahí y son evidentes. Pero tampoco asumiré que cada gol deba venir acompañado de una autocrítica política ni que toda celebración colectiva sea una forma de alienación. Se me pueden atragantar unos cacahuates japoneses o no miraré la repetición del primer gol.

Hay demasiada gente empeñada en explicarnos por qué no deberíamos disfrutar nada. Yo, por lo pronto, pienso ver los partidos. Eso no me hace indiferente, indolente, idiotizado, lumpen o ya ni me acuerdo que más puedo ser pero no faltará el estadista del balompié que me lo recuerde. Y si México gana, celebraré el gol. Y si pierde me encabronaré como desde el 78.

Los problemas del país seguirán ahí al terminar el encuentro. Pero tampoco habrán desaparecido porque alguien publicó un hilo en redes explicándonos que el futbol es un distractor. Y si aun así alguien considera que noventa minutos de futbol constituyen una amenaza para la conciencia nacional, quizá el problema no esté en el Mundial. Quizá esté en la incapacidad de aceptar que, de vez en cuando, la gente simplemente quiere ser feliz.
Es todo.

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