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Home MI GUSTO ES
YUCATÁN de península a península

La ley de Lynch en Cabo San Lucas

Miguel Ángel Avilés by Miguel Ángel Avilés
27 junio, 2026
in MI GUSTO ES
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La palabra “linchamiento” tiene pedigrí histórico. Proviene de la llamada “Ley de Lynch”, atribuida al estadounidense Charles Lynch, quien en tiempos de guerra organizó tribunales improvisados para castigar a sospechosos sin las incomodidades del debido proceso, los jueces, los abogados o las garantías individuales.

Dos siglos después, la fórmula continúa gozando de una sorprendente popularidad.

Basta cambiar los caballos por camionetas, las antorchas por teléfonos celulares y las plazas públicas por un bulevar turístico de Cabo San Lucas.

La noche del miércoles, mientras un buen número de aficionados celebraban el triunfo de la Selección Mexicana sobre Chequia, la civilización decidió tomarse un descanso.

Las imágenes son conocidas.

Calles bloqueadas, euforia colectiva, vehículos atrapados y una multitud convencida de que el espacio público le pertenece por decreto emocional.

En ese contexto, un conductor quedó rodeado por decenas de personas que comenzaron a golpear y sacudir su automóvil.

Lo que ocurrió después es materia de investigación, pero los hechos videograbados son claros: el hombre aceleró, embistió a la multitud y dejó diecisiete personas lesionadas, algunas de ellas de gravedad.

Hasta aquí tenemos un acto gravísimo que deberá esclarecer la autoridad.

Pero la historia no terminó ahí.

La multitud persiguió el vehículo, logró detenerlo, extrajo al conductor por la fuerza y procedió a administrar una dosis masiva de justicia popular.

No una detención ciudadana.

No una inmovilización para entregarlo a la policía.

No.

Golpes, patadas y una furia colectiva tan intensa que el hombre terminó hospitalizado, intubado, con paro cardiorrespiratorio y al borde de la muerte.

Así, en cuestión de minutos, el espectáculo cambió de género.

Lo que comenzó como un atropellamiento terminó convertido en un repobable linchamiento.

Y aquí aparece la contradicción más interesante.

La misma sociedad que exige paz, condena la violencia, reclama resultados a las autoridades y se escandaliza ante las imágenes de barbarie que observa por televisión, puede transformarse instantáneamente en una turba cuando cree tener una justificación emocional suficiente.

La violencia siempre parece intolerable cuando la ejerce otro.

Cuando la ejerce uno mismo, suele encontrar nombres más amables: indignación, coraje, reacción, hartazgo o justicia.

Lo inquietante es que los participantes de estos episodios rara vez se perciben como agresores.

Cada golpe se siente legítimo porque viene acompañado de una causa moral. Y cuando cientos de personas comparten simultáneamente esa convicción, el individuo desaparece y emerge la manada.

Cuantos ejemplos puedo citar aquí, sucedidos en este pais, se me acabaría el espacio y faltarían mas.

“Con las tradiciones del pueblo, con sus creencias, vale más no meterse” diria una voz hará los años .

Que eran fenómenos complejos y que en ciertas comunidades originarias de la periferia capitalina (como los pueblos de Tláhuac o Milpa Alta) existían tradiciones comunitarias de asamblea y dinámicas locales de justicia consuetudinaria refirió otro cercano a él

Habian falllecido dos policias en Tlahuac al ser linchados luego de ser confundidos con secuestradores si mal no recuerdo.

Históricamente, México ha sido escenario de estos actos de reacciones violentas de las comunidades en contra de presuntosdelincuentes.

Dos libros,cuando menos sugirio para que leamos al respecto : Violencias colectivas. Linchamientos en México y Los linchamientos en México. Entre el Estado de derecho y el espíritu de Fuenteovejuna

Segun advierto, abordan este fenómeno desde la sociología, la historia y la ciencia política, analizando cómo surgen ante la impunidad, la desconfianza hacia las autoridades y la ausencia de un estado de derecho.

Asi como el ocurrido en San Lucas, igual el mismo dia en el Centro Histórico de la ciudad de Zacarecas ocurrió un fuerte altercado social y mediático debido a un acto de violencia contra una mujer quien fue agredido por parte de un funcionario político.

Ese dia al expresarse los festejos futbolísticos en el Centro Histórico de la capital cruce de la avenida Hidalgo y el callejón del Santero, una multitud de aficionados rodeó y comenzó a sacudir fuertemente el vehículo de una mujer que trabaja como conductora de plataforma. Al intentar acelerar para escapar del peligro, se desató una confrontación en la que el entonces secretario de Jóvenes de Morena en Zacatecas, Jaime Castillo, golpeó en la cara a la conductora a través de la ventanilla y ya fue destituido.

No. Tampoco quieran culpar al Vasco Aguirre, a Memo ochoa o a Calderón de todo esto.

Quizá por eso los linchamientos resultan tan perturbadores. No porque revelan la maldad de unos cuantos, sino porque exhiben la fragilidad de todos.

Durante siglos nos hemos esforzado en construir instituciones precisamente para evitar que la justicia dependa del estado de ánimo de una multitud.

Jueces, tribunales, ministerios públicos y procedimientos existen porque la experiencia humana demostró una y otra vez que el enojo colectivo es un pésimo sustituto del derecho.

Que son falibles, pues sí. Que a veces no hacen un buen trabajo, también. Pero es lo que existe.

Sin embargo, cada cierto tiempo reaparece ese viejo impulso tribal que creíamos enterrado bajo capas de modernidad.

Entonces descubrimos que debajo del ciudadano ilustrado, del usuario de redes sociales, del consumidor de plataformas digitales y del ferviente defensor de los derechos humanos, sigue habitando un ser bastante más antiguo.

Uno que no razona demasiado. Uno reacciona.

Uno que corre en manada.

Los diecisiete lesionados por la embestida merecen justicia.

El conductor, si resulta responsable, merece enfrentar las consecuencias legales de sus actos.

Si lamentablemente fallece, respecto a él se extinguirá la acción penal y los otros ya detenidos, potenciales víctimas, pasaran a ser victimarios y probable responsable por el delito de homicidio.

Pero ninguna de esas afirmaciones convierte a una turba en tribunal.

Porque cuando una multitud decide que puede juzgar, condenar y ejecutar en el mismo acto, deja de defender la civilización y comienza a parecerse peligrosamente a aquello que dice combatir.

Respecto a lo que hacían en esa calle bajo el pretexto de una celebración y poquito antes de estos hechos que ya son nota internacional como extraña manera de fomentar el turismo y la inversión extranjera, algunos lo justificaran con algun razonamiento patriotico aunque mas bien sea patético y otros, quiza apelen a tal o cual derecho que se acuerden como quien agrede sin piedad a una mujer en legítima pero estupida defensa de su honor.

Son esos que confunden el ejercicio de derechos constitucionales con una recreación antropológica de la vida en las cavernas.

Parecen creer que la libertad de expresión, de reunión y de tránsito incluye el derecho a comportarse como una tribu preestatal resolviendo conflictos alrededor de una fogata.

Confunden las garantías constitucionales con una licencia para escenificar episodios de la prehistoria.

Ejercen derechos propios de una democracia constitucional, pero reaccionan con reflejos propios de la ley de la selva.

Invocan la Constitución, por conveniencia, mientras participan en un performance involuntario sobre los mecanismos de justicia del Paleolítico.

Parecen asumir que el derecho de reunión comprende también el derecho a constituirse en horda.

Confunden la libertad de asociación con la facultad de regresar, por unas horas, al estado de naturaleza descrito por Hobbes.

Lo paradójico es que reclaman derechos nacidos de siglos de civilización jurídica mientras reproducen conductas que precisamente esas instituciones fueron creadas para superar.

Esos que al primer agresos y hoy muy delicado y a los agresores se les tendran que respetar, como debido proceso, de lo contrario la autoridad, representando a un estado como institucion democratica, sera la tercera agresora.

Porque la diferencia entre el Estado de Derecho y la barbarie no consiste en que uno castigue y el otro no.

Consiste en quién castiga.Y, sobre todo, en quién se abstiene de hacerlo cuando más ganas tiene.

*

LUIS DE LA ROSA OBREGÓN ( …o La última secuencia)

No conocí a Luis de la Rosa. Aun así, me duele su muerte.Quizá porque existen partidas que suponen contrariar el curso que esperamos de la vida. La vejez nos prepara, aunque nunca del todo, para la despedida.En cambio, me resisto a comprender que una historia se interrumpa cuando todavía avanzaba con fuerza, cuando aún quedaban proyectos, viajes, descubrimientos y motivos para mirar hacia adelante. Pienso en el niño que encontró una vocación aqui en Hermosillo y decidió seguirla. En las horas de aprendizaje, en el esfuerzo silencioso que antecede a cualquier logro verdadero, en el artista que consiguió llevar su trabajo desde Hermosillo hasta algunas de las producciones más importantes de su oficio. Pienso también en ese viaje a Francia, emprendido por la misma pasión que había guiado tantos años de su existencia, y resulta inevitable sentir una profunda consternación.Y cuesta no pensar en ese tren, surgido de pronto como una fuerza ciega e implacable, cruzándose en el camino de alguien que viajaba impulsado por sus sueños y no por el presentimiento de un final. Un tren como un mensajero oscuro del azar, irrumpiendo en una historia que todavía tenía demasiado por contar.

¿A quién se le reclama una ausencia así? ¿A quién se le pregunta por qué la muerte eligió este momento y no otro? Hay personas cuya partida deja tristeza; otras dejan perplejidad.La de Luis deja ambas cosas. Quizá por eso aparece también esa sensación incómoda de injusticia. No porque la muerte distinga entre méritos y deméritos —evidentemente no lo hace—, sino porque cuesta admitir- la negación, siempre la negación- que se lleve a alguien que todavía creaba, imaginaba y enriquecía el mundo con su trabajo, mientras tantas formas de mezquindad, de abuso y de vacío parecen prolongarse sin obstáculo alguno.

Tal vez porque no se fue alguien que ya había concluido su camino, sino alguien que todavía estaba construyéndolo. Porque detrás del artista reconocido había una familia, afectos, ilusiones, metas aún por alcanzar y experiencias que nunca llegarán a ocurrir. Hay una amarga ironía en todo esto: quien dedicó su talento a dotar de movimiento, expresión y vida a personajes que permanecerán en la memoria de millones, vio truncada su propia historia cuando todavía estaba en pleno desarrollo.Y mientras uno piensa en ello, surge esa desoladora sensación de que algunas muertes llegan antes de tiempo. No porque exista un momento adecuado para partir, sino porque hay vidas cuya plenitud hace más difícil aceptar su ausencia. Descanse en paz. Un abrazo con el alma a su familia.

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