Mtro. Jesús Antonio García Ramírez. Politólogo
1. Consideraciones previas
La Revolución de las Conciencias es el corazón de la 4T porque entiende que el voto no alcanza para transformar un país. México cambió de gobierno en 2018, pero no basta con cambiar siglas si la mentalidad con la que se administra lo público sigue siendo la del privilegio, la del saqueo y la del individuo aislado. El neoliberalismo no fue solo un modelo económico. Fue una pedagogía. Enseñó durante 40 años que el Estado estorba, que lo público es ineficiente, que el éxito es personal y la pobreza es culpa. Esa escuela deformó la conciencia colectiva. Por eso la alternancia de 2000 no cambió nada de fondo. Se votó distinto, pero se gobernó igual.
La Revolución de las Conciencias plantea lo contrario: formar un pueblo que no solo vota, sino que piensa, decide y defiende lo suyo. No es adoctrinamiento. Es alfabetización política. Es explicar que el agua, la luz, la salud y la educación no son mercancías. Son derechos ganados con lucha. Es recordar que el presupuesto es dinero del pueblo y que cada peso mal usado es una escuela sin techo o una clínica sin medicinas. Aquí la educación no es instrucción bancaria. Es formación de sujetos históricos. El aula, la asamblea ejidal, el sindicato, el barrio: todos son espacios donde se construye ciudadanía. Sin esa base, el voto se compra, se manipula o se desperdicia. Con esa base, el voto se convierte en instrumento de un proyecto nacional. La diferencia entre democracia electoral y democracia real está en la conciencia del que vota.
2. A manera de reflexión
La trampa más grande que dejó el neoliberalismo fue separar la política de la vida cotidiana. Nos dijo que política eran los partidos, las elecciones y los escándalos en la televisión. Mientras tanto, privatizó el agua, concesionó las minas, desmanteló los ferrocarriles y entregó la energía. Todo eso ocurrió sin que el pueblo sintiera que era política. La Revolución de las Conciencias revierte esa operación. Vuelve a ligar la política con el recibo de luz, con la beca del hijo, con el precio de la tortilla y con la seguridad de la colonia.
Por eso la construcción política va más allá del voto. El voto es un momento cada tres o seis años. La política real es diaria. Es el comité de padres que exige cuentas, el colectivo que defiende un parque, el joven que entiende por qué el litio debe ser de la nación. Sin organización, el voto se vuelve cheque en blanco. Con organización, el voto es mandato. Morena nació de ese principio: de asambleas, de brigadas, de formación casa por casa. No nació en un escritorio. El riesgo actual es que, ya siendo gobierno, el partido olvide su pedagogía y se vuelva maquinaria electoral. Si eso pasa, la 4T se reduce a administrar la misma desigualdad con otros colores. La Revolución de las Conciencias exige escuelas de formación política, círculos de estudio y debate público permanente. No para repetir consignas, sino para crear cuadros que sepan gobernar sin robar, sin mentir y sin traicionar. Porque el poder no cambia a las personas. Revela quiénes son. Y solo una conciencia formada resiste la prueba del poder.
3. Consideraciones finales
México no necesita ciudadanos que solo voten cada elección. Necesita un pueblo que gobierne todos los días. Para eso hay que entender dos palabras que el neoliberalismo vació: Democracia y Participación Ciudadana. Y hay que entenderlas en sentido amplio y en sentido estricto, para que el pueblo las use como herramienta, no como adorno.
Democracia en sentido amplio es el gobierno del pueblo. No solo en la urna, sino en la calle, en la fábrica, en la escuela, en el ejido. Es que el pueblo mande y el gobierno obedezca. Es que ninguna decisión que afecte a todos se tome sin todos. En sentido estricto, democracia es método y es resultado: método porque hay reglas claras para elegir y revocar a quien gobierna; resultado porque esas decisiones deben servir para repartir con justicia el poder y el dinero. Si hay elecciones pero no hay agua, no hay democracia completa. Si hay programas sociales pero el pueblo no decide sobre la concesión del agua, es democracia a medias.
Participación Ciudadana en sentido amplio es que el pueblo esté presente en todos los asuntos públicos. No como espectador, sino como actor. Es el comité de barrio que vigila la obra, la asamblea que aprueba el presupuesto, el joven que denuncia al corrupto. En sentido estricto, participación ciudadana son mecanismos concretos y vinculantes: consulta popular, revocación de mandato, presupuesto participativo, contraloría social con dientes, cabildo abierto con voto. Sin eso, la participación es simulación. Con eso, la participación es poder.
Aquí está la encomienda prioritaria para Morena: institucionalizar la Democracia y la Participación Ciudadana como pedagogía y como práctica de gobierno. No basta con ganar elecciones. El partido-movimiento tiene que formar al pueblo para ejercer el poder. Eso significa tres tareas urgentes. Primera: Escuela Nacional de Cuadros. Que cada militante, cada funcionario, cada alcalde de Morena sepa qué es gobernar sin robar, cómo se hace un presupuesto participativo y por qué el litio no se vende. Segunda: Gobierno abierto desde el municipio. Que el cabildo sesione en las colonias, que el dinero se discuta con la gente, que las concesiones se auditen en asamblea. Tercera: Revocación como cultura. Que el pueblo sepa que puede quitar a quien no cumple, desde el presidente hasta el regidor.
El voto nos dio el gobierno. Pero solo la conciencia organizada nos dará la transformación. Más allá del voto está la patria. Y la patria se defiende sabiendo, participando y mandando. Si Morena no convierte la Democracia y la Participación Ciudadana en práctica diaria, la 4T será un sexenio. Si lo logra, será una época. La Revolución de las Conciencias no termina en la urna. Empieza ahí.




