POR ING HÉCTOR CASTRO GALLEGOS
Se vive un momento decisivo. La polarización política, los desafíos en materia de seguridad, la presión geopolítica y la desigualdad social exigen que el debate público deje de concentrarse exclusivamente en la confrontación y vuelva a colocar en el centro a las personas.
Gobernar no consiste únicamente en administrar recursos, sino en construir confianza, fortalecer las instituciones y ofrecer oportunidades para que cada ciudadano desarrolle plenamente sus capacidades.
El verdadero servicio público tiene una dimensión profundamente ética y humanista.
Quien ejerce una responsabilidad de gobierno debe comprender que el poder no representa un privilegio, sino una obligación moral de servir con honestidad, transparencia y sensibilidad social.
La autoridad encuentra su legitimidad cuando escucha, dialoga y toma decisiones orientadas al bien común, dejando de lado intereses particulares o cálculos electorales. En este contexto, la neurociencia aporta una perspectiva valiosa para comprender a las nuevas generaciones.
Hoy sabemos que el cerebro de los jóvenes continúa desarrollándose hasta bien entrada la adultez, especialmente en las áreas relacionadas con el autocontrol, la planeación y la toma de decisiones.
Esto significa que las políticas públicas deben abandonar el enfoque exclusivamente punitivo y privilegiar la prevención, la educación, el deporte, la cultura, la salud mental y el fortalecimiento de las habilidades socioemocionales. Invertir en la juventud no es un gasto, sino la política pública más rentable para el futuro del país.
Cada espacio deportivo, cada aula fortalecida, cada programa de innovación científica y cada oportunidad de empleo digno representan una barrera contra la violencia, la delincuencia y la desesperanza. México necesita una visión de Estado que una la ética del servicio público con el conocimiento científico sobre el comportamiento humano.
Solo así será posible formar ciudadanos libres, responsables y comprometidos con su comunidad.
La mejor estrategia de seguridad nacional comienza mucho antes de una patrulla o un tribunal: empieza en la familia, continúa en la escuela y se consolida mediante gobiernos que comprendan que el desarrollo integral de los jóvenes constituye el verdadero cimiento de una nación fuerte, justa y próspera.




