Mtro. Jesús Antonio García Ramírez. Politólogo
1. Consideraciones previas
Todo sistema de partidos es producto de una mecánica electoral y de una base social. Maurice Duverger estableció en su obra clásica que el escrutinio mayoritario tiende a la concentración y el proporcional tiende a la dispersión, y que los partidos modernos nacen cuando las masas irrumpen en la política y necesitan ser organizadas.
Esa es la ley. El sistema mexicano actual cumple la primera parte de la ley pero traiciona la segunda. Por mecánica electoral produce concentración y hoy produce un sistema de partido predominante, pero ha roto el vínculo social que Duverger consideraba esencial. El pueblo es convocado como cifra, como porcentaje en encuesta, como aclamación en plaza, pero no está amparado como sujeto orgánico del modelo.
El modelo no prevé ni le interesa de fondo su participación intrínseca y determinante. Participación entendida no como voto esporádico, sino como militancia, como deliberación territorial, como capacidad de formar y controlar a su dirección. Votamos cada vez más y decidimos cada vez menos. Esa es la delimitación estructural que debemos establecer desde el inicio. Tenemos un sistema de partidos sin demos en su interior.
2. A manera de reflexión
Giovanni Sartori nos permite nombrar con rigor lo que esa ausencia produce. Sartori superó a Duverger al proponer que un sistema no se define por cuántos partidos hay, sino por cómo interactúan, cuál es su distancia ideológica y hacia dónde dirigen la competencia. Bajo esa óptica, México es un sistema de partido predominante, legítimo en origen y dominante en resultado, pero vaciado en su función democratizadora. La reflexión es clara.
En un sistema predominante sano, la competencia interna del partido predominante sustituye a la competencia externa y el ciudadano arbitra entre corrientes programáticas reales. En México esa sustitución no ocurre. La competencia interna no es entre proyectos que emanan de la base social, es entre facciones cupulares que negocian por encima del pueblo. Sartori ya lo advertía con precisión quirúrgica en su tipología: “The predominant party system is, in the long run, a system that fosters intra-party factionalism and its own eventual atomization”. Es decir, todo predominio no institucionalizado tiende a devorarse a sí mismo mediante facciones. No compiten ideas de país que nacen de la asamblea, del sindicato, del ejido, de la colonia, compiten lealtades personales y cuotas de poder que se disputan el sello. El pueblo queda fuera del contexto en los dos sentidos de la democratización.
En sentido amplio, porque no hay socialización del poder ni formación de ciudadanía, hay movilización electoral. En sentido estricto, porque no hay capacidad de selección y control de dirigentes por parte de la base, hay ratificación plebiscitaria de decisiones ya tomadas. El ciudadano no delibera, ratifica. No define, aplaude. Por eso la indecisión crece en las encuestas. No es apatía, es lucidez frente a un modelo que no ampara su participación determinante.
3. Consideraciones finales
La consideración final debe hacerse con ecuanimidad pero con firmeza conceptual. Un sistema de partidos que excluye al pueblo como sujeto determinante puede ser electoralmente eficaz, pero no es democratizador. Puede ganar mayorías calificadas, puede reformar la Constitución, puede renovar el Poder Judicial, pero no puede democratizar a México porque ha dejado fuera a su protagonista.
De Duverger recuperamos la lección de que sin partido de masas no hay integración social de la política. De Sartori recuperamos la lección de que sin competencia programática real no hay opción para el demos. México tiene hoy lo contrario. Tiene partidos de cuadros que operan como si fueran de masas y tiene competencia faccional que opera como si fuera programática. Mientras la encuesta sustituya a la asamblea, mientras la foto de unidad sustituya al debate de programa y mientras la lealtad sustituya a la militancia, el sistema seguirá funcionando sin pueblo.
Y un sistema que funciona sin pueblo podrá administrar el poder, pero nunca podrá democratizarlo en sentido amplio como forma de vida, ni en sentido estricto como método de control ciudadano.
México tiene hoy un sistema de partido predominante sin pueblo predominante.




