Mi gusto es… (O la otra mirada)

2019-03-10 | Miguel Angel Aviles

Se llamaba así porque nunca supimos cómo había llegado, de dónde había llegado o por qué se quiso quedar en esta casa, sus últimos años de vida. Nuestra gata Mystery había muerto. Esa tarde dejaba de respirar para siempre. La extrañamos.

Pese a la edad que según su veterinario de cabecera tenía, La Mystery fue acogida como la menor de esta familia y, desde el primer día, recibió puro amor del bueno.

En los últimos meses, su salud se quebrantó. El médico le hizo un legrado y advirtió que además tenía anemia y sus pulmones estaban debilitados. Aun así ella volvió a casa con nosotros pero mandaba señales de que ya su actitud no era la misma.

La Mystery, sin embargo, siguió yendo a consulta y dio esperanzas de alivio. Una tarde se le soltó al doctor y echó a correr como si trajera un bote en la cola. Pareciera que le hubieran dicho que ya estaba aliviada y que todo había sido puro susto. Cruzó la calle y siguió de largo hasta meterse debajo de un carro. Habíamos decidido dejarla ahí, pensando que más tarde volvería a casa sin batallar como lo saben hacer todo los gatos por más lejos que los tires. No fue necesario, ella se entregó sola y se dejó traer en brazos hasta que supo que ya estaba de nuevo en su morada y, luego de pegar un brinco fue a terminarse la comida que había dejado antes de irse.

Esos arrebatos tenía La Mystery. Dócil y cariñosa a veces, arisca y evasiva otras tantas, juguetona a la primera provocación así podía ser ella de impredecible.

Su amante más conocido –“El Macho”, un gato corpulento y tosco de color gris que venía a diario a visitarla desde una casa pegada al bulevar– resentía con desaires el ánimo que ahora cargaba la Mystery. De las noches de arrumacos y sus paseos por las bardas ya no había nada. Tampoco de sus pleitos que hacían quedarse al Macho por horas junto a la puerta de nuestra casa, en espera de que La Mystery se dignara en recibirlo nuevamente y continuar con su romance.

No supimos como pero él supo pronto la mala nueva. Esta tarde de domingo, aquí en la sala, La Mistery se quedó dormida con los ojos abiertos y su cuerpo rígido, en un sueño irreversible. La lloramos sin consuelo y después de llevarla en una bolsa negra, con delicadeza temblorosa la colocamos en el patio y le prendimos una veladora así como prendimos la esperanza cuando corrió ligera ante los ojos asombrados de su doctor. No supimos cómo pero El Macho olió la muerte y, desde donde pudo haber estado, allá pegado al bulevar, y en horario que no solía venir a verla, de pronto ya estaba ahí, oliendo la superficie luctuosa de esa bolsa. Algo le decía con ligeros maullidos, quizá le decía unas palabras al oído, quizá le juraba amor eterno, quizá le perdona todos sus desplantes, quizá no podía creer lo que sus ojos de agua estaban viendo.

Nosotros la enterraremos en no sé dónde y, si así pasa con las gatas buenas como dicen que pasa con los muertos, La Mystery saltará felinamente hacia el cielo, así como todavía en la mañana, como aliviándose, como alegrándonos, como jugando, saltó de un golpe a la mesa donde desayunábamos y muy oronda se acomodó en fila en espera de su plato.

Así se pasó el fin de semana entre sus quejumbres y las ganas de seguir viviendo en esta casa donde vivió sus últimos años, o donde fuese: en una montaña, adentro de un zapato o convertida en lluvia, pero seguir viviendo. Esa tarde, sin embargo, dejó de respirar para siempre. La muerte nunca dejará de ser inoportuna, insensata, de infinita indolencia. El Macho, que lleva varios días mirando el patio desde el filo de esa barda, pareciera que lo sabe.

Les digo que de ese modo se llama porque así le puso su dueña y yo no sé por qué. Él vino a la casa, desde para conquistar a La Mystery y lo logró, pese a que, ella, nuestra gata de barda, era difícil en eso de dar el sí en cuestión de amores. El Macho, sin embargo lo logró y la elevó al cielo en cada entrega amatoria que se dieron. Nuestra Mystery, partió pero El Macho, le ha sido fiel hasta el tuétano. Por eso aún va y viene y se queda ahí, en esa macetera donde lo veo ahorita o donde le llegue el dolor por la ausencia de La Mystery. Por eso no le podemos decir que no a su dolor, a su presencia. Porque sabemos que al Macho le maúlla el alma.

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