Mi gusto es… (O la otra mirada)

2019-04-14 | Miguel Angel Aviles

Si Pedro Infante no hubiera muerto todavía viviría. Y fuera un adulto mayor, muy mayor, con la fama a cuestas pero menos idolatrado como lo es ahora y como tal parece que será por los siglos de los siglos.

Pedro Infante era todo un ídolo, sin embargo esa idolatría se elevó a la ene potencia a partir del ya lejano 15 de abril de 1957 cuando el avión en el que volaba cayó en tierras yucatecas.

Si Pedro Infante no hubiera muerto quizás apareciera hoy en telenovelas del Canal de las Estrellas, protagonizando un papel secundario como llegó a sucederle en su ocaso a Luis Aguilar, su amigo-enemigo, en A toda Máquina o anduviera haciéndola de patiño de David Zepeda o Jaime Camil o Sebastián Rulli o lo llevarían empujando hasta el foro del programa Está Cañón para que el sesudo de Yordi Rosado ganara harto rating con su presencia, o lo miraríamos a diario en la pantalla chica anunciando muebles o lo que ustedes quieran como llegamos a ver, por algún tiempo, al grandote de Antonio Badú.

Pero murió y, en el imaginario colectivo, ocurrió lo que los estudiosos de la sicología dan en llamar el síndrome de la erosión. Se quedó en el olvido cualquier rasgo de maldad o de ser humano falible, emergió todo lo bueno, lo admirable, lo grandioso y el sinaloense pasó a ser lo que es ahora: una leyenda.

Tengo una amiga (iba a decir una hermana, pero me golpean) que se casó con elqueustedesquieran y es feliz, pero hasta la fecha sigue suspirando por Pedro Infante. No se pierde ninguna de sus películas, chifla y toda la cosa con Amorcito corazón y en las noches de placer con su esposo (iba a decir mi cuñado, pero me golpean), quiere que éste le diga mi chorreada y la apriete con tremendos brazos que cállatelaboca como los tenía el eterno idolatrado.

Si Pedro Infante no hubiera muerto todavía viviría, y anduviera entre nosotros viendo y volviendo a ver, con cansada vista, sus propias películas. Y lo llevarían del brazo a obligados homenajes o al velorio de un contemporáneo suyo. Tal vez, quizás, no sé, lamentaría la muerte de María Félix, del Piporro, de Gabriel Figueroa, de don Manuel Esperón, de Carmen Montejo, de Lucho Gatica, de Joaquín Cordero por citar algunos difuntitos nomás.

Si Pedro Infante no hubiera muerto todavía viviría. Y su voz se escucharía fatigada, de vez en cuando, por allí, en la tele, en la radio, en no sé dónde: pasaste a mi lado/ con gran indiferencia/ tus ojos ni siquiera/ voltearon hacia mi/ te vi sin que me vieras/ te hablé sin que me oyeras/ y toda mi amargura/ se ahogó dentro de mí.

Si Pedro Infante no hubiera muerto quien quite y anduviera de gira a ratos, o sabe Dios dónde lo traería la ANDA relegado o sabrá carajo qué empresario se animaría a contratarlo.

Si Pedro Infante no hubiera muerto, qué quedaría de aquel hijo respetuoso, amigo incondicional, pícaro, amante romántico, hombre de palabra como el que representó en casi todos sus papeles.

Si Pedro Infante no hubiera muerto todavía viviría pero ya anduviera en esas, acogido por un Parkinson, una diabetes, un soplo, una artritis, una tosecita rara, o un invencible cáncer en la próstata por más deportista que haya sido.

Si Pedro infante no hubiera muerto, a lo mejor, diosguardelahora, un candidato a elección popular de los que nunca faltan, lo cargaría del tingo al tango, de aquí para allá, chupándole su última sangrita.

Si Pedro Infante no hubiera muerto todavía viviría pero mi hermana, perdón, mi amiga, no sé si sería feliz o si seguiría suspirando rete harto con todas, todititas sus películas

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