El día que explotó la rabia

2019-08-19 | Arturo Soto Mungía

Me permito robar el título del libro que a propósito del movimiento estudiantil de 1967 en la Universidad de Sonora escribió el recordado Ismael Mercado Andrews, porque creo que ilustra bien lo que ocurrió el sábado anterior en Ciudad de México.

 

Las motivaciones y objetivos entre aquel movimiento y el que hoy convoca a través del #NoNosCuidanNosViolan son muy distintos. El primero se inscribe en el contexto de la sucesión gubernamental en Sonora y, en un contexto más amplio, en la oleada de luchas estudiantiles que empujaban en varios países del mundo por una mayor apertura democrática en todos los sentidos.

 

El segundo nace de la indignación frente a la criminalidad que se ha ensañado con las mujeres en todo el país y que fue detonada por la presunta violación a una menor de edad por parte de policías capitalinos.

 

El paralelismo en todo caso tiene que ver con el estallido de violencia que aparece para documentar la incapacidad del Estado para garantizar los derechos ciudadanos, políticos en un caso; a la seguridad sobre la vida y el patrimonio en otro.

 

En uno de los pasajes del libro de Ismael, relata cómo fueron utilizados grupos de choque para disolver el movimiento que se oponía a la candidatura de Faustino Félix Serna al gobierno del estado. Una escuela primaria tomada por los estudiantes y padres de familia fue atacada incluso con disparos de arma de fuego.

 

Los agredidos contratacaron y llegaron armados con rifles, pistolas, bombas molotov, piedras y palos a la comandancia de policía municipal, llevándose las armas que ahí había. Hubo enfrentamientos en la calle de los que resultaron varios heridos. Ismael relata que hubo personas que les ofrecieron ametralladoras para tomar el Palacio de Gobierno, lo que finalmente fue rechazado por los aguiluchos.

 

Días después el Ejército tomó la Universidad, los líderes cruzaron la frontera norte en un exilio obligado y el movimiento se aplacó.

 

Cito lo anterior porque en las manifestaciones del sábado las mujeres destrozaron paradas de camiones, rompieron cristales, dañaron autos, intentaron incendiar una estación de policía, agredieron e insultaron a periodistas y transeúntes, en algunos casos sólo por el hecho de ser hombres; hicieron pintas en monumentos y edificios históricos. Las cosas podían haber pasado a mayores, pero la gobernadora de la ciudad decidió reservarse el uso de la así llamada “violencia legítima” conteniendo la protesta pero sin atacar a las manifestantes.

 

Los daños materiales, ciertamente son reparables, no así las vidas perdidas y los traumas que acompañan las violaciones y otro tipo de violencia.

 

Algunas cifras del Sistema Nacional de Seguridad ilustran bien por qué se llegó a este punto:

 

De enero a abril de este año 114 niñas y adolescentes fueron asesinadas. En ese mismo periodo, mil 119 mujeres han sido asesinadas por razones de género. En los últimos cuatro años, los feminicidios han aumentado en 97 por ciento. En México, cada dos horas y media una mujer es asesinada por violencia de género.

 

Las cifras son espeluznantes y aunque para algunos no justifiquen la reacción violenta, para muchos sí la explican.

 

Esa es una parte del debate. Otra, que lo complementa y lo proyecta en el largo plazo, es la presencia y activismo de grupos feministas radicales cuyas divisas no parecen ir en el sentido de la búsqueda de quien se las hizo, sino quien se las pague y en esa lógica plantean el asesinato de los hombres, su castración y otras lindezas como vía para acabar con el patriarcado opresor.

 

Nadie en estas manifestaciones está planteando el arribo a una sociedad más democrática en la que prevalezca la igualdad, la tolerancia, el respeto y la inclusión (que desde luego, hoy aparecen como excepcionales, o al menos no como valores generalizados), sino lo que parece ser una consigna de inversión en las relaciones de poder entre géneros.

 

Por eso el escupitajo y el insulto, el empujón y la bofetada a cualquier “onvre” sin averiguar si es hombre.

 

La agresión a un repartidor de Uber Eats fue un caso publicitado durante la manifestación, pero seguramente no es el único. En la Fuente Ovejuna que se convirtió la marcha de mujeres la adrenalina se fue al tope y todas a una, queda para la anécdota los destrozos causados a una camioneta en la que mujeres guerrerenses se trasladaron a la capital para participar de la manifestación. La camioneta, por cierto, tuvo que ser reparada por “onvres” ante el llanto de quienes la abordaban, preocupadas y tristes porque no tenían cómo regresar.

 

También hubo insultos y agresiones a mujeres policías, que aguantaron a pie firme, obedeciendo la orden de no responder.

 

Mención aparte merece el artero puñetazo a un reportero que cubría la manifestación, por parte de un tipo al parecer infiltrado, que no pudo ser detenido.

 

En este tipo de manifestaciones siempre hay un componente de rabia contra las instituciones: el gobierno, la policía, los jueces, la prensa… y esa explosión de rabia es el germen para el linchamiento, material, que puede suceder en cualquier momento.

 

¿Qué es lo que subyace en todo esto? Básicamente la incapacidad del Estado para garantizar el bienestar y la seguridad de los ciudadanos, independientemente de su género.

 

Era así con los gobiernos del PRI y el PAN, y es así con el gobierno de Morena, que en materia de inseguridad no sólo no ha podido revertir tendencias, sino que se le han disparado.

 

Es cierto que sólo tienen ocho meses a cargo, pero no vi a ninguna autoridad pararse frente a las enardecidas mujeres a explicarles esto y a pedirles paciencia porque el camino de la regeneración nacional apenas comienza y llegará el día en que el pueblo bueno marche de la mano de su gobierno hacia un futuro luminoso de paz y prosperidad.

 

Lo podría haber hecho Claudia Sheinbaum, gobernadora; Ernestina Godoy, procuradora de Justicia, o cualquier otra mujer del gabinete capitalino. O alguna legisladora de las que han hecho de la agenda de género su clientela (pero en escenarios controlados), como Wendy Briseño, a quien no vimos en la marcha, pero sí supimos que en esos días ofreció una entrevista para una televisora japonesa.

 

Naturalmente, no dieron la cara y quizás eso se deba a que hoy están del otro lado. Del lado del gobierno que no cumple pero farolea macizo, y no del lado del pueblo que toma la calle, de las mujeres que están matando y que el sábado protagonizaron ese día en que explotó la rabia.

 

Por último, sólo queda apuntar que si el objetivo era visibilizar el movimiento de mujeres y sus causas, lo lograron. Si el costo fue de daños materiales y madrazos, salió barato, aunque nadie puede asegurar que si el gobierno no comienza a dar resultados más allá del chorizo mañanero, el activismo de “poser” y el postureo legislativo, puede resultar muy caro.

 

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