Romance con el narco

2019-09-08 | Marcos Alán López Álvarez

En el año 2014, en diferentes partes del estado que le vio nacer, Sinaloa, se hicieron multitudinarias marchas para pedir la liberación, casi irónicamente, de la de uno de los capos más queridos en la historia moderna de México. Culiacán, por ejemplo, miró como más de 2000 personas pedían que fuera liberado.

¿Qué se nos viene a la mente cuando escuchamos la palabra "narco"? ¿Cuál sería su campo semántico? Miedo. Represión. Violencia. Asesinatos. Desaparecidos. Descuartizados. Huesos. Armas. Coches. Dinero. Mujeres. Alcohol. Drogas. Poder. Influencia. Policías. Corridos. Bandas.

Escuchar del narco en México es sumamente delicado, sobre todo para quienes tienen en su poder la posibilidad de influir en las mentes de las demás personas. La relación romántica entre la sociedad mexicana y el narco es inexplicable. Casi puede decirse que es mejor que con el Gobierno y la autoridad. Basta ver que las series y películas más populares son aquellas donde el narco tiene un papel casi protagónico.

El narco suele ser cruel consigo mismo, entre bandas; sin embargo, la ciudadanía lo equipara con desarrollo económico para la comunidad en algunos lugares donde la esperanza del desarrollo es minúscula. Casi como una victoria pírrica, donde las ganancias son jugosas y sse reparten en unos cuantos, pero merman la confianza al salir en las calles. La vida cotidiana se llena de sangre. Ayer un muerto, mañana quizás dos. Pasado, probablemente en mi restaurante favorito alguien irrumpa y asesine a un comensal.

Las comunidades alejadas de las urbes suelen ser el blanco perfecto del narco para abastecerse de miembros y reclutar futuras generaciones. De un pequeño pueblo, clavado en la sierra de Badiraguato, Sinaloa, fue incorporado un joven pequeño pero intrépido. ¿Su nombre? No era nadie. No en ese momento: Joaquín Guzmán Loera. Pronto se hizo de un nombre en el medio, y poco a poco, escaló a los peldaños más altos del narco, cual organigrama de una compañía grande se tratase. Sin embargo, aquí los méritos son diferentes. Asesinatos, levantones, traiciones y similares sirven para ascender en el narco.

Saltó a la fama cuando escapó de una prisión de máxima seguridad, sobornando a cuánto necesitara, para al fin encontrar su libertad adentrándose a un carro de ropa sucia. El "Chapo" volvió a ser capturado. Sin embargo, logro un segundo escape que, quizás, a ningún guionista en Hollywood hubiera escrito cuando, por medio de un túnel de casi 1 km de longitud, escapó.
Meses después, el gobierno de Enrique Peña Nieto anunció su recaptura en Los Mochis, dónde se coordinaron autoridades mexicanas y de EE. UU. Hay una incipiente idea de que la tarea la hizo Estados Unidos, y México solo se hizo presente en el examen. Su recaptura volvió a incrementar su legado. Finalmente, el capo fue extraditado y sentenciado en Estados Unidos.

El días pasados, mediante la voz de sus abogados, Joaquín Guzmán Loera solicitó que el dinero que le fue decomisado fuese destinado a las comunidades más pobres del país y no vaya a caer a manos de Estados Unidos. Andrés Manuel López Obrador miró con buenos ojos tal proposición. Ambos a sabiendas de que la popularidad de ambos se incrementaría con esto, pero me enfoco en lo último. El narco seguirá cortejando la aprobación del mexicano. Aunque pueda convertirse este en el año más sangriento desde que se tiene registros, López Obrador debe cuidar con suma pericia el tema de la seguridad y las señales que manda desde el Ejecutivo. Ensalzar de alguna manera la imagen de El Chapo puede ser tanto inconsciente como irresponsable. Por una parte, puede alimentar la imagen de los cárteles como supuestos agentes benefactores para la sociedad mexicana y, por otro, se debe erradicar la inseguridad que es ocasionada por tales cárteles.

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