Mi gusto es… (O la otra mirada)

2019-09-08 | Miguel Angel Aviles

De tu casa a tu destino, de seguro ya te has encontrado en estos días, a muchos niños héroes y muchas niñas heroínas que visten trajes propios del mes de septiembre y ellos muy orgullosos o contra su voluntad, andan el caminito hacia a la escuela, apurándose a llegar, disfrazados de algunos de los personajes que nos dieron patria.

Algunos caminan juntos, como una mancha, loca de contenta con su cargamento para su salón. Una mañana de estas, el escenario estará listo para que se lancen envueltos en su propia fantasía, iguales a esas que nos han contado para recrear, a modo de certeza, la hazaña de esos niños y otros ya más creciditos que combatieron en el castillo de Chapultepec, codo a codo, siendo mucho más que seis.

Llegaran con traje de manta o luciendo una sotana y su calvicie o pendulando esas trenzas, pero con ganas de aprender la suerte de las letras y una que otra cosa de la vida.

Puede, si es que hacemos nosotros los grandes una remembranza, que ese día tengan la encomienda de subrayar de rojo el sujeto y de azul el predicado, pensando que todavía se usa. Puede.

Tal vez, en cambio, ese niño que llegó investido en el cura Hidalgo se la tome muy en serio y convoque con arengas ahí mismo a los miembros del plantel para que dé comienzo la rebelión contra las fuerzas virreinales.

“Llegó el momento de nuestra emancipación; ha sonado la hora de nuestra libertad; y si conocéis su gran valor, me ayudaréis a defenderla de la garra ambiciosa de los tiranos” puede que rece un enunciado escrito por algunos de los alzados con chueca letra ahí en el blanco pintarrón y todo el grupo llenarán no sé cuántas planas de su cuaderno hasta que se le canse la mano.

Justo en ese momento es cuando suena la chicharra para salir en estampida a su recreo como fuera el tañer de una campana que llama a combatir. Entonces cada quien habrá de disfrutar su juego, aunque dure mucho menos que una disputa con un ejército invasor.

En un rato más la resolana se habrá de volver tan despiadada, como la sinceridad de un niño o esos combates cuerpo a cuerpo que suelen presenciarse a veces a la hora de salir.

Es el momento en que termina la jornada de tantos escolapios y volverán a casa, tintos en sudor y manchas de no sé qué tanto embarre en sus camisas, como si volvieran de una guerra dibujada, momentos antes, en su imperio de papel.

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