Mi gusto es… (O la otra mirada)

2019-10-05 | Miguel Angel Aviles

Cuando uno decidió vivir en tierra ajena y no en la de origen, de pronto termina, no tanto en saber de dónde es, si no en sentirte parte de los dos lugares.

Eso creo.

Porque alguna vez yo nomás tenía el sentido de pertenencia sobre ese puerto de La Paz (lejano en distancia pero íntimo en sentimientos) donde me trajeron al mundo, aun cuando a la edad que lo dejé, mucho me quedaba por saber y querer de él.

El suelo que estaba del otro lado del mar, y que acababa de pisar era, suponía ingenuamente, un estadío pasajero, temporal, de un lustro o poquito más, a lo mucho.

Pero creo que no somos nosotros los que disponemos. No, señor. Son las circunstancias, los nuevos amores, el inconsciente que se resiste a volver en definitiva por algún motivo y las nacientes expectativas, las que te van haciendo que aquello que parecía tan de otros, se vuelva tuyo, se vuelva propio.

El asunto, sin embargo, es que después tienes que tener puesta la mirada aquí y allá, en un pasado y un presente o en dos presentes que amas y que requieres estirar ese único corazón que tienes para no dejar sentido a nadie.

Allá están grandes amigos y aquí también, allá hay añoranzas y aquí también, allá siguen unas calles y una casa y palabras y olores y dolores hondos y barrios y un cielo que tiene mucho de ti y aquí también.

Todo esto no es atribuible a nadie que no sea uno mismo.

Somos la consecuencia de lo que una vez decidimos.

Somos cosecha de nuestras propias siembras.

Pero qué hermoso que eso haya pasado, aun con sus sinsabores y sus claroscuros. Qué dilemas tan generosos.

Cuánta querencia en una sola vida que parecen tantas.

Cuánta risa frente a la vida pasada y frente a la vida presente para no llorar sin continencia.

Cuánto reírse hasta de uno mismo con tal de que prevalezca el amor y el humor resiliente pese a todo, esos de aquí y esos de allá que hace una ciudad grandota de donde creo ser y de donde ahora ya soy como un resumen de todo.

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