No hay remedio

2019-10-06 | Omar Alí López

¿Trabaja usted por su cuenta? Si lo hace, sabrá que cada mes debe enfrentar a esa gran dependencia de mil tentáculos llamada Hacienda, para declarar sus ingresos y pagar los impuestos correspondientes por el dinero que usted obtuvo con su trabajo.

Si por el contrario usted recibe un cheque quincenal, básicamente se trata de lo mismo, con la diferencia de que por lo regular no se revisa el talón de cheque con tanto detalle como cuando uno hace una factura por un servicio prestado.

En ambos casos existe siempre la urgencia de usar lo depositado. Ahí sí, siempre es igual.

La mayoría de los mexicanos pagamos impuestos: por trabajar, por tener cosas (valor agregado), por recibir servicios y por tener una casa o un vehículo. La lista es larguísima.

La recaudación de impuestos no es algo nuevo; se remonta a los orígenes de las sociedades, solo que ha sufrido algunos cambios en su nombre y en las técnicas para realizarla. En la antigua Tenochtitlán, por ejemplo, los calpuleques o guardias de barrio recibían los tributos de las familias para entregarlos posteriormente al tlatoani, y de ahí a las familias nobles, incluyendo al emperador.

Los mexicas contaban con un excelente sistema trimestral de recolección del tributo, que se extendía hacia los pueblos sometidos por ellos. Y todos tenían que pagar, so pena de recibir una visita del poderoso imperio, como pasó con el señorío mixteco de Teloloapan, Oaxaca, cuando se negó a permitir el paso de las caravanas recolectoras de tributo protegidas por los mexicas. Estos exterminaron a la población, “incluyendo perros y guajolotes”, como dice Ross Hassig en su libro El tributo en la economía prehispánica.

En el resto del mundo las cosas eran similares. Desde las antiguas ciudades estado griegas, que mantenían bajo su control y protección a otras ciudades, hasta los grandes imperios posteriores se obtenía un tributo tanto de las sociedades dominadas como de los habitantes.

Y así como en la época antigua del imperio mexica los huastecos se negaban a pagar tributo, así hoy también no falta quien no quiera pagar impuestos.

Conocidas son por todos las estrategias para no hacerlo; no creo que requiera darle alguna pista. Todos los días vemos vehículos sin placas de circulación oficiales, por ejemplo, o casos de personas que no pagan sus impuestos prediales o de servicios, o a personas que invaden casas para no pagar rentas. Aquí también la lista es muy extensa.

Los impuestos se traducen en bienestar para las sociedades. El imperio azteca floreció precisamente por esa razón. Si bien mantenían a la clase noble, también se utilizaron para engrandecer y embellecer las ciudades. Supongo que entendieron la importancia de mantener a la sociedad contenta.

Hoy, en nuestro país la antigua nobleza mexica es sustituida por la clase política, pero esa condición no se da en todos los Estados del mundo; algunos diseñaron mecanismos de orden jurídico que lo impiden, de tal suerte que les funciona el equilibrio entre lo social, lo político y lo económico. Lo interesante es que en estos países la gente sí paga impuestos porque tiene la confianza de que al final le serán retribuidos con beneficios, mientras que en el nuestro eso es precisamente lo primero que se duda.

Y cuando vemos a grandes empresas y personajes de la política recibir condonaciones privilegiadas por el pago de impuestos, entre ellos a gente purificada de la cuarta transformación, nos preguntamos: ¿Esto tendrá remedio?

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