Para la Generación 84-89 de Licenciados en Derecho Unison

2019-10-20 | Miguel Angel Aviles

Cuando me vine a Hermosillo para estudiar en la Universidad de Sonora, hubiera querido traerme a toda la familia, al perro de la casa, a los amigos y ese olor a comida caliente que recorría la casa a diario gracias al esfuerzo de mi madre.

Esos fueron mis primeros deseos en mis tardes de soledad cuando la nostalgia pegaba fuerte y me hacía tragar gordo para no soltar el llanto.

Hubiera querido traerme tanto, pero no lo hice ni se podía.

La decisión de cruzar el charco a los dieciocho años cabales, para estudiar la carrera de Derecho, había sido absolutamente mía y ni modo, tenía que aguantarme. Quién me manda.

Pero si allá dejaba un mundo, acá comenzaba a construir otro. A eso me aboqué porque no quería decepcionar a nadie y para ello hube de adaptarme a lo que cayera. Aquellos días solitarios poco a poco fueron menos, en la medida en que empecé a conocer amigos de la carrera y algunos, a su vez me acercaron a su propio núcleo familiar, parecido a ese que yo añoraba lo cual hizo que todo fuera fue más llevadero.

Por afinidad, por azares de la vida, porque el destino ya lo tenía previsto o nomás porque sí, fue con el Beto Barragán y Cuitláhuac Castro con quien más hice migas desde el primer momento universitario y esa que se volvió una gran amistad afortunadamente permanece hasta a la fecha. Al primero le gustaba el futbol y le iba al América. Por si fuera poco, tenía una sangre tan liviana que era como reencontrarme con un amigo que allá dejé y con el cual podía interactuar sin mayor problema. Con el segundo hubo una identificación ideológica que ya latía mi corazón gracias al CCH donde estuve. Sus respectivos padres me brindaron comida caliente como la que yo extrañaba de mi madre, con ese olor que sólo algunas sazones tienen y con esa calidez que uno siente cuando las cosas se ofrecen de buena gana.

Por aquellos años y por estos, sirvan estos dos locos de ejemplo, porque me sería imposible nombrar a todos mis demás amigos y amigas que, desde entonces, tanto en la Escuela de Derecho, como en el resto de la universidad me arroparon con su amistad y han hecho algo por mí.

Esta semana cumplimos un aniversario más de haber egresado y aunque no lo acostumbro, aprovecho este espacio para agradecerles con una de las maneras en que pudiera yo pagarles: con unas palabras y con mi querencia infinita para siempre.

Confieso que fue un amigo del barrio —Alfonso Medina— quien, ya siendo maestro normalista acá, me convenció para venirme a la Universidad de Sonora y no al Sur como también yo había visto como opción. Aclarado él dato, si algo tiene que reclamar por mi llegada y estancia en esta capital, no vengan a mí: mejor les digo dónde encontrar a mi amigo y reclámenle a él.

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