Doña Chita (Segunda parte).

2019-11-10 | Omar Alí López

Hace como 20 años que doña Chita partió. Seguramente seguirá cuidando a los niños con Síndrome de Down que la acompañan. Para eso nació. Pasó toda su vida actual y quizá la venidera dedicada a ello, porque esos corazones se mantienen con diferentes formas físicas, para nuestra fortuna. 

Para doña Chita, la sonrisa de uno de sus niños no tenía igual. Se sentía muy bien con lo que hacía, e intentaba darles una excelente calidad de vida, porque no solo los cuidaba sino también les enseñaba a valerse por sí mismos.

En su dedicación por su grupo de niños, se olvidó los propios. Ensimismada en buscar mejores condiciones del espacio que compartían, sus hijas no registradas pasaban horas sin supervisión o cuidado.

Una de ellas –la mayor– tuvo un romance con el único hombre que apoyaba a Doña Chita a cuidar a los niños. Eran años distintos, cuando se daba consentimiento a esas relaciones mientras las intenciones fueran buenas, y existía un verdadero compromiso de las consecuencias por la actuación del hombre. De ahí nació MC.

Las hijas comenzaron a hacer vida propia, y al paso de los años la menor fue la última en llamarle hogar a su casa después de la muerte de doña Chita. Se quedó sin familia… y sin protección.

Para ese entonces el Hospital Chávez (1977) ya tenía 20 años en operación, y por las condiciones tranquilas del lugar las casas de buen nivel socioeconómico habían rodeado los 1200 metros cuadrados de la casa de doña Chita, dejándola con un solo acceso.

ISSSTESON le llegó a ofrecer 5 millones de pesos por su casa, porque requería expandirse; pero doña Chita nunca quiso. Ella quería seguir atendiendo a sus niños.

Sus últimos días transcurrieron en paz, bajo el cuidado de quien fuera su hija menor, que nunca se casó. Ella se hizo cargo de todos los trámites fúnebres.

Y ya sin alguien que la protegiera, comenzó la pesadilla: Como nunca la registraron ni tuvo estudios, comenzó su viacrucis para conseguir un acta de nacimiento e intentar formalizar legalmente la propiedad para seguir los pasos de su madre. Sus vecinos intentaron ayudarla orientándola; pero apareció MC. Él nunca reconoció a su tía y reclamó los derechos de la propiedad para sí, sintiéndose derechoso del inmueble al ser nieto de doña Chita, pese a que nunca tuvo contacto con ella.

Haciendo uso de argucias legales que seguramente aprendió en la vida más que en la escuela de Derecho, MC la saca de la casa; pero con el apoyo de unos buenos vecinos conocedores de la injusticia y de un buen abogado, combatirán la malasangre en un juicio que durará años.

En el inter, MC logra de alguna manera –quizá no muy legal, porque había un documento de restricción– cambiar los datos de catastro municipal y registra a su propio hijo como el propietario del inmueble.

Y si bien la justicia tarda en este país, un día le llegó a la hija de doña Chita, y los actuarios acudieron al inmueble para devolvérselo; pero por una extrañísima razón su abogado no le dejó aceptar las llaves. Después se sospecharía que MC lo había corrompido, pero se llevaría la verdad a la tumba, porque murió 30 días después.

Así, sin hogar, ni casa ni justicia, la hija de doña Chita todavía espera recuperar lo que es suyo. Mientras, vive acogida por otras personas de buena voluntad, consumiéndose la vida a la espera de que alguien más le ayude.

 

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