Mi gusto es… (O la otra mirada) | San Abigael

2019-11-30 | Miguel Angel Aviles

Sugeríamos alguna vez que cuando se decida hacer una estatua, lo menos que se le debe exigir al artista es que la obra se parezca al homenajeado.

Eso es de rigor y debería establecerse en el contrato que se firme con el escultor que, si acaso no lo logra, que devuelva las entradas.

Eso he dicho y lo sostengo. Porque hay más de un ejemplo en donde la obra se parece a cualquiera, menos a quien se quiere homenajear.

Sin embargo, debo de reconocer, que hay excepciones. Como la correspondiente al entrañable poeta y dramaturgo mexicano Abigael Bojórquez y que se encuentra al término de la cuchilla del Centro Histórico ubicada en las calles de Sufragio Efectivo y Álvaro Obregón, aquí en Hermosillo.

El monumento fue realizado por el escultor de Empalme, Óscar Cedillo, a quien, si yo fuera jurado, a pesar de mi ignorancia en la materia, le pondría un diez.

Pese a lo daños que la misma ha sufrido, ahí amanece, diariamente, para ver pasar carros o peatones o para recibir, durante todo el día, a quien quiera ir a sentarse junto a él, tomarse una foto, recostarse sobre su cuerpo o decirle algunas palabras como si estuviera vivo.

De acuerdo a lo que yo he visto, pareciera que esto último no es nomás un decir. De por sí con todo lo que produjo, que ya sería bastante para inmortalizarse, el originario de Caborca irradia ahí, inmóvil, una energía vital como quien te recibiera con regocijo en su casa, o te ofreciera pasar al patio, a la sombra de cualquier árbol, para enseguida echar la platicada.

Por eso digo que parece que estuviera vivo.

Porque he de comentarles que, a diferencia de otras estatuas, no se le visita solamente por quienes saben quién es o lo conocieron o porque sobre él algo se conmemora. No. Como si les chiflara al pasar o escucharan que lee, muy a su estilo, alguna de sus obras, este, el otro o aquella se le acercan o le piden que les haga un campito para sentarse, sea un parroquiano común, una familia, algún par de turistas, el indigente en turno o tres niños que pasan por ahí, a pesar de que la ubicación está a ras de calle y los carros pasan, a veces, hechos la mocha.

Perdón si agravio, pero no he visto que esto pase con don Miguelito Hidalgo a quien lo tiene por ahí a unas cuadras, de vecino. Tampoco en la gigantesca obra de Luis Donaldo Colosio que está allá mucho más lejecitos, ni con don Jun Bautista de Anza que dicen tiene un gran valor estético, pero, montado en su caballo, se expone casi inalcanzable en una base en alto, más bien como si lo tuvieran en venta. Perdón pero ni en el héroe de Nacozari, Jesús García, ni con doña Emiliana de Zubeldía, ni con Moralitos , ni con don Nacho Zaragoza que en una “restaurada” lo dejaron más parecido a Ultraman, pasa eso.

Hace unos días se cumplió un año luctuoso más desde aquel 1995 que Abigael, el de carne y huesos, se volvió invisible. Hay quienes aseguran que murió. Después de lo que he visto yo lo dudo. Menos lo estaré si de en uno en uno o de tres e tres o cada rato se le sigue arrimando gente para los propósitos que ya les dije. Sólo falta y bien merecido que se lo tiene, que un día llegue alguien con una veladora y se santigüe. Ahí sí que nuestro amigo no aguantará más y, lleno de vida soltará una agradecida carcajada.

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