El gran engaño

2020-01-26 | Omar Alí López

La historia de México nos dice que la opinión de las y los ciudadanos fue ignorada durante mucho tiempo. Gracias a una incipiente democracia, los encargados de representarlos eran literalmente impuestos y no elegidos libremente por el ciudadano, y terminaban obedeciendo más a quien los impuso que a quienes los eligieron.

Era de más raro que los llamados representantes populares preguntaran alguna vez acerca de los cambios legislativos urgentes o necesarios para la sociedad, por ejemplo, o buscaran el beneficio común de sus representados.

Entonces llegaban los nuevos, otra vez mediante la imposición, y prometían que todo sería diferente; y pese a recibir el beneficio de la duda y creer en sus promesas, todo terminaba igual… o peor. Fue un círculo que se repitió cada tres, cuatro o seis años, dependiendo en cual región del país se encontrara uno.

Es obvio que no cualquiera puede ser representante popular. Es una labor que desgasta, porque no se puede quedar bien con todos. Pero el trabajo a realizar cuando menos debería ser encaminado a favor de la mayoría, sin olvidar todas las voces.

¿Alguna vez le llamaron para preguntarle, por ejemplo, si quería o no usted usar popotes para tomar su bebida?

Pero bueno, ese era el México de antes… ¿o no?

La verdad es que esa práctica no ha cambiado mucho. Las y los ciudadanos siguen sin ser tomados en cuenta para enfrentar la múltiple problemática que les es inherente. Se les ve como niños que no saben lo que quieren, y no pueden manejarse solos.

No es fácil incursionar en la representación popular. Aunque se tenga el deseo y la buena voluntad de contribuir, el contexto está diseñado para hacerlo casi imposible si es una persona. La vía más “fácil” sigue siendo a través de los partidos políticos.

Se han dado sin embargo algunos intentos para integrar a las y los ciudadanos y buscar la solución de sus problemas. La figura más reconocida sin duda es la de los comités vecinales dentro de las colonias, creados con la intención de que de ellos emanaran las posibles soluciones; pero todo resultó un engaño: Resultaron incapaces de resolverlos por sí mismos, porque la participación de los gobiernos era necesaria; y terminaron siendo parte de programas clientelares con fines políticos, al conformar solo una estadística dentro de las grandes ciudades o municipios.

La llevada y traída corresponsabilidad ciudadana existe solo en los discursos, y no es verdad que se busque resolver realmente los problemas que aquejan a la sociedad. Eso ya esta demostrado. La cuestión aquí es, ¿y entonces qué o cómo se le hace para que exista esa corresponsabilidad?, porque aquí en Hermosillo cuando menos, el gobierno resultó ser lo mismo que los anteriores, e ignora a los comités vecinales.

La decisión esta de nuevo en la sociedad, hoy más informada, porque debe generar confianza en quien la gobierna. Y ahí esta precisamente el detalle: ya no hay confianza.

¿Qué hacemos, entonces? ¿Se requiere de un gobierno que le responda a la sociedad y así se gane su confianza, o se necesitan ciudadanos más comprometidos, creyentes de que “ahora sí” le ayudarán a atender sus necesidades sociales?

La respuesta es sencilla: Todos somos ciudadanos; pero convenientemente no queremos darnos cuenta. Mejor que otros hagan el esfuerzo.

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