Mi gusto es… (O la otra mirada) | El café, mis cafés, los otros cafés y un café “pendiente”

2020-02-09 | Miguel Angel Aviles

No sé cuándo fue la primera vez que probé el café.

Pudo ser una mañana en la que alguien me dio a probar con tal de que el niño ya no estuviera dando lata.

Una mañana fría, casi al amanecer, en la cocina, ahí junto a las hornillas donde mamá colaba el café luego de haberlo molido. Ese olor es indeleble y evocativo y tu memoria recorre esos episodios de la infancia a mil por hora.

Puedo enlistar otras posibilidades, pero digamos que ahí fue y desde entonces no lo he dejado. De los vicios que tengo, tal vez sea el principal o uno de ellos al cabo que no son tantos.

Cada quien sus gustos, pero para mí es imprescindible. Sobre todo, muy temprano. No tomarlo me puede causar el síndrome de abstinencia. Se los juro.

Por eso, en donde crecí, en donde he vivido, a donde he viajado, y en donde se preste la ocasión, tomo café. Digamos que soy un adicto y si bien todo exceso es malo, por lo cual a veces debo de bajarle dos rayitas, no ha sido a tal grado como para tocar fondo y de pronto ponerme a instituir una comunidad internacional de ayuda contra la afición por el café.

Tampoco quiero emular eso que admirablemente hicieron William Griffith Wilson y Bob Smith para resolver el problema que traían en común y ayudar a otros a recuperarse del alcoholismo. Mis respetos para ellos y para quienes han salido avante de tal asunto. En mi caso, y puede que en el caso de muchos más a quienes les encanta el café, más que perderse en el anonimato o querer inhibir su consumo, lo que solemos disfrutar es precisamente eso otro que también nos regala el disfrutar de un buen café.

Con esto último me refiero a la oportunidad que ofrece de pelar los ojos tempranito, prepararlo o que lo preparen y compartir o compartirlo con ese otro de tu familia (madre, padre, hermano, pareja, abuela, tío o incluso vecinos) y tomártelo bien a gusto a la orilla de la cama, en la cocina, con leche o negro, sentado en el patio sobre una piedra mientras te pega el solecito, en el porche y donde así te plazca según los rituales que tienes en tu casa.

Lo mismo pasa cuando te invitan o lo invitas y atiendes la convocatoria para verse en esa fonda, en aquella cafetería, en la nueva plaza o en el lugar de suma tradición. No nada más es tomarte el café y ya. El verse trae el valor agregado que se conversará, que saludaremos a quien no esperábamos ver, que seremos el paño de lágrimas de algún dolor ajeno, que nos reiremos hasta de uno mismo y, porque no, conoceremos a nuevas gentes que te presentaron o porque nomás les dio por coincidir.

Sin lugar a dudas, uno de estos lugares es el Mercado Municipal (de la ciudad que sea) donde no está de más decir que suelen coincidir como una gran familia una diversidad de pensamientos, profesiones, oficios, clases sociales, cuyas edades, aunque predominen algunas, están muy bien campechaneadas, entre señoras y señores, jóvenes, niños, y adultos mayores o viejitos como solíamos decir cariñosamente antes.

La afición por el café también ha dado paso a la generosidad y particularmente una que me parece digna de aplaudirse, la cual, tengo entendido, ya se expandió por todo el mundo o casi.

Me refiero al llamado Café pendiente, esa práctica solidaria, filantrópica, generosa que inició en Nápoles, Italia y que, por decirlo así, es una cadena de consumidores de café. El consumidor paga el suyo o lo que se vaya a tomar y deja pagado uno o varios más en carácter de “pendientes” para quienes no puedan pagarlo. Cuando las personas sin recursos económicos, en especial indigentes, migrantes o personas en situación de calle, preguntan si hay algún café pendiente, si es el caso se le invita a un café que ya dejó pagado previamente otro consumidor.

Me gusta la idea porque, ante todo, la buena obra del día se hace en el anonimato porque terminas por no saber ni a quién lo hace de buena gana le importa, quién lo consumirá. Por eso, candidatos, fundaciones, altruistas de ocasión o de foto para lucimiento personal, ni se apunten.

Seguramente hay otros, pero aquí en Hermosillo quien lleva a cabo desde hace mucho tiempo este ejercicio es el Café (Don) Cele ahí en el propio Mercado. Me consta y lo he visto. También le consta al Gerardo y a esa señora que, sin andarse pavoneando mucho, suele dejar pagados uno o dos cafés pendientes cuando así le da la gana y sin andar jactándose de su bonita acción. Y le consta a José quien como muchos más, llegó casi en harapos, entre amanecido y otras cosas, dos mochilas sucias en su espalda y su perro Cuchufleto, un salchicha muy orejón cuya cabeza salía del costado de su camisa y veía, juraría que con deleite, como su dueño recibía su vaso de café y soplándole gustoso se marchaba.

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